sábado, 2 de octubre de 2010

Los Amantes de Sumpa en pueblos milenarios

Publicado por Diario El Mercurio, de Cuenca, Ecuador: 3 de octubre de 2010.

La pintura en este museo ubicado en el cantón Santa Elena, provincia del mismo nombre, es hermosa e impresionante. Dice con detalle muchas cosas sobre nuestros primeros habitantes costeños de hace 10 mil años. El artista ha plasmado de modo correcto una escena cotidiana que los identifica plenamente entre los pueblos de América del Sur. Camino por las calles de esta ciudad alegre y calurosa y en el rostro de muchos habitantes veo a los Vegas. No hay duda, la etnia estuvo dispersa a lo largo de una enorme zona que hoy corresponde a las provincias de Guayas y Santa Elena. Posteriormente sus descendientes poblaron hasta El Oro y Manabí. De acuerdo a las investigaciones incluso habitaron en la costa norte del Perú.

Las Vegas, 10 mil años de antigüedad

El sitio Las Vegas fue descubierto en 1961 por una expedición de la Universidad de Columbia, New York, bajo la dirección del investigador y científico Edward P. Lanning. El museo de sitio se encuentra hacia las afueras del centro cantonal y el Banco Central lo mantiene de excelente forma. Según los arqueólogos la cultura tendría entre 7 y 9 mil años de antigüedad, sin embargo, nuevos estudios en 1990 dijeron que el primer asentamiento de Las Vegas fue hace 10 mil años. Karen Stothert, antropóloga norteamericana, en 1972 determinó que se trata de una proto-cultura, lo cual ha sido aceptado por las universidades de Stanford, Yale y Harvard. Entonces, piso en el sitio funerario más importante del Ecuador, el entierro llamado “Los Amantes de Sumpa”. De la llamada “Civilización Caral”, en el norte de Lima, Perú, se dice algo similar en cuanto a antigüedad. Luego, es posible que las dos culturas--dado que los nuestros fueron expertos navegantes--incluso se relacionaron en algún momento. En los museos vemos algunas muestras de concha Spondylus, y como sabemos, este fue un elemento de mucho valor para nuestros ancestros costeños

Valdivia, pueblo laborioso y admirable

Qué lindo es todo esto, en el traslado de un lugar a otro no se siente ni hambre ni cansancio, ni molesta el calor. Los buses para viajar de Santa Elena a Valdivia son pobres y creo que sus propietarios no están en condiciones de tener sus vehículos como manda la ley y como es lógico, sólo les preocupa que anden como sea y tener pasajeros. Llegamos a Valdivia. Buscamos el museo y sin dificultad lo encontramos. No parece museo sino una casa cualquiera con unos cuartos en donde se exhiben piezas al parecer antiguas, aunque no hay que olvidar que en esos lugares la gente es muy hábil para fabricar objetos exactamente iguales a los antiguos, es decir, “figuras recién envejecidas para americanos”, como dice la canción de Piero. En todo caso, es un museo de buena voluntad y apasionamiento por parte del dueño. Valdivia es una cultura arqueológica precolombina que se desarrolló entre el 3500 a. C. y el 1800 a. C. en la costa ecuatoriana entre las provincias de Manabí y Santa Elena, una de las áreas más secas de nuestro litoral. Es la cultura más antigua de agricultores sedentarios y ceramistas del Ecuador y una de las primeras de Sudamérica, aseguran los entendidos. Dicen que vivían del cultivo de maíz, fréjol, yuca, calabazas, achira y algodón. De modo que la achira no ha sido exclusiva de Girón y otros rincones serranos. También eran pueblos cazadores, especialmente de venados, pescadores en mar abierto y recolectores de moluscos y crustáceos en playas, manglares y esteros.

Jocay fue una gran ciudad manteña

En América del Sur la presencia del hombre data de hace treinta mil años aproximadamente, la hoya amazónica era un inmenso lugar de bosque seco, lo que debe haber facilitado la expansión del hombre, no adaptado aún a la selva tropical. Por su parte Valdivia dio paso a la cultura Machalilla y luego a la Chorrera, transmitiéndoles muchos elementos culturales, especialmente aquellos relacionados con la innovación en la cerámica. Recién conozco que Jocay, hoy bajo la moderna urbe de Manta, era la gran ciudad manteña precolombina, que según el milanés Girolamo Benzoni (1550), viajero en América en los primeros momentos de la conquista, habría tenido más de 20 mil habitantes, de los cuales encontró solamente 50, cuando la visitó. Según nuestro amigo y ex compañero de aula colegial, el arqueólogo Ernesto Salazar González, de magníficos estudios en Europa y Estados Unidos, “el único arqueólogo que logró ver las ruinas de la ciudad fue Marshall Saville (1907), quien señala la existencia de restos de ‘cientos’ de casas y muchos montículos-probablemente tumbas- dispersos por todas partes. Jijón y Caamaño, que también la visitó, sólo pudo ver montones de huesos humanos apilados selectivamente, por cráneos, mandíbulas o piernas, reducidos a su mínima expresión”.

Pueblos que desaparecieron calladamente

De los “Amantes de Sumpa” se han dicho muchas cosas: que fueron jóvenes, que murieron juntos no se sabe por qué causa, que estuvieron solidarios en la muerte…De estos casos en la vida moderna también se dan cuando existe el auténtico amor. Pero esos jóvenes jamás se imaginaron que llegarían a ser tan famosos en la ciencia y la arqueología, pues el hallazgo causó conmoción en el mundo entero. Hoy reposan en una vitrina. En el sitio se descubrieron cerca de 200 osamentas, constituyendo el cementerio más grande de América de esa época, según manifiesta un documento del Banco Central. La desaparición de los habitantes costeños es un misterio. Posiblemente fueron víctimas de las enfermedades traídas por los extraños, o a lo mejor huyeron al interior, es decir, calladamente se hundieron en la noche de los tiempos, para luego reaparecer en los rostros y figuras de miles de modernos habitantes de la costa que hoy vemos.

César Pinos Espinoza

Guanazán, Paltacalo y Dorotea




La ruta escondida de Manú y Guanazán

Publicado en Diario El Mercurio, de Cuenca, Ecuador

Al paso entre Santa Isabel y El Oro, hacia la izquierda, siempre nos ha llamado la atención un trazado raro de líneas que son carreteras que se pierden poco a poco en lejanas montañas azules. El amigo Robert Álvarez me acercó un día para lograr una ranchera de transporte que salía apresurada hacia esos lugares. De allí comenzó una nueva aventura. Junto al llamado “control integrado” de la Policía se inicia el recorrido. Primero el caserío de Huascachaca (puente de soga), que según algunos fue una ciudad cañari, luego el puente angosto que conduce a Uchucay (tierra del ají) y Sumaypamba (pampa hermosa), ya de por sí lugares interesantes en jurisdicción lojana con cultivos de cebolla, frejol y frutales, para ascender lentamente hacia una vista espectacular. Desde aquí se observa la confluencia del los ríos León y Rircay que juntos hacen el Jubones (Tamal aicha=devorador de hombres) y el ingreso de éste en el gran cañón desértico con rumbo al sur para recibir las aguas del San Francisco que viene desde Pucará y cruzar por territorios orenses con destino al mar.

Antes era tierra olvidada

La “chiva” prosigue su ascenso, carretera en buenas condiciones aunque angosta, zona desértica y de topografía muy irregular con paisajes raros hasta llegar a Las Cochas. Este nombre se justifica, contamos más de nueve pequeños reservorios y lagunas; profundos cañones y abajo un riachuelo casi seco hasta llegar a Uduzhe. Son las 12h50, este pequeño caserío perteneciente a Manú y al cantón Saraguro está casi despoblado. María, una mujer joven me dice que su marido está lejos, y se ve triste. No falta una capilla vistosa y una escuela. Varios jóvenes conversan y se nota que están sin trabajo. Desde la parte más elevada de este lugar se divisa el Portete, Pacchamama, El Quingo y las montañas de Pucará. A las 13h40 escucho en mi pequeño radio “los rojosaurios” de La Roja. Por fin llega otra “chiva” casi llena de gente y con las justas me lleva a Manú. Son las 14h30. No habrá más recorrido este día, por lo tanto hay que buscar alojamiento y comida. Me informan que aquí funciona un colegio Técnico Agropecuario, una academia artesanal y una escuelita. Poca gente, pero me aproximo a unos ciudadanos que conversan plácidamente sentados en una vereda; ellos son Enrique Guzmán, Ayorge González y Víctor Manuel Aguirre. Comienzan las historias: “Ahora es fácil ir y venir de Santa Isabel. Cuando era muchacho se hacían siete horas por malos caminos a lomo de mula; a los enfermos les llevaban en macanas”, dice uno de ellos. Don Enrique cuenta que cuando joven se desmandibuló y lo tuvieron que llevar así al pueblo y allí le atendió el doctor Vintimilla. Después al regreso ya estaba comiendo mangos, recuerda, y todos festejan. Se acuerdan de don Rafael Guamán que llevaba mercadería desde Cuenca en las fiestas y ellos le compraban.

Se ha detenido el tiempo

Manú se encuentra a 2220 msnm. Hoy tiene facilidades para transporte a otros lugares, especialmente a Loja, Saraguro, Guanazán y Santa Isabel. Aquí el tiempo transcurre lentamente. Camino, tomo fotos, converso, observo, me sobran las horas y espero que llegue la noche. Desde este lugar se puede llegar al Cerro de Arcos (¿será el nombre por el médico e investigador ecuatoriano Gualberto Arcos?), monumentos pétreos naturales de formas raras; en 4x4 se llega en una hora, más dos horas caminando; también a la laguna Chinchilla, nombre que proviene de un pequeño roedor de pelaje muy estimado. En Manú me alojo en un hotel de “una estrella”-la chica que atiende- propiedad de la señora Vitalina Tituana. En el saloncito-comedor hay un buen número de fotos del Che Guevara. Converso con sus hijos Franco y Gerardo, visiblemente de pensamientos opuestos; el uno puso las fotos y admira al Guerrillero, el otro todo lo contrario, pero se respetan. Hablamos de las mujeres que piden caridad, del bono solidario en el cual “no están todos los que son ni son todos los que están”; hay críticas contra ciertos individuos que dicen ser revolucionarios pero en la práctica no lo son, en fin.

“Quemados como ratones”

En este lejano lugar sintonizan de día radios de Cuenca y de noche Telerama y Canal Uno. Yo les digo que desde Yunguilla en una noche despejada se ven luces; ellos aseguran que son las pequeñas poblaciones de Manú, Lluzhapa y Yúlug. Aquí cuentan que en tiempos pasados la gente comenzó a construir la carretera “a pico y pala”. En 1996 sembraron 900 hectáreas de pino en una comuna de la parte alta, pero luego “el suelo se hizo como de cemento”, y lo evidente: “antes el sol no quemaba tanto como ahora”, según Orlando Segarra; “la culpa es de los grandes”, acota Ayorge González, “nosotros moriremos quemados como ratones”, sentencia. El pueblo se encuentra ubicado en una pequeña hoya al pie del cerro de Zhatapal. Todos me preguntan qué hago por esas tierras y un joven colorado me dice: ¿no es de los italianos? No sabía el por qué de esa pregunta, pero en Guanazán encuentro la respuesta.

Paltacalo con historia

Instalado en mi “suit” duermo plácidamente y ya a las 06h00 estoy de pie para desayunar y esperar un bus hacia Guanazán. Guardo alguna inquietud porque en Santa Isabel me dijeron que por esa ruta asaltan a los vehículos, pero aquí me aseguran que eso sucedió alguna vez en la vía Guanazán-Uzhcurrumi, mas no ahora. Tras una hora y media de viaje llego a las 11h00 a Guanazán. Lo que más quería ver desde hace años es el cerro de Paltacalo, está allí como un cuerno; tiene historia: “El Ecuador fue un lugar de varias sedimentaciones”. Los hombres de la raza de Lagoa Santa, venidos del Brasil, y cuya presencia en los Andes se halla demostrada por el cráneo humano de Punín-cráneo de mujer, encontrado por el arqueólogo norteamericano H.E. Anthony en el primer cuarto del siglo XX- y por los huesos diseminados en la cueva de Paltacalo, los caribes, los mayas, los mochicas, marcaron la crónica de esa edad arcaica. El profesor francés Paúl Rivet encontró en los refugios rocosos, cerca de la cueva de Paltacalo, diecisiete cráneos humanos que ofrecían cierta similitud con los de los melanesios. Es decir, encontraron que el hombre de Oceanía tenía parentesco con el hombre primitivo ecuatoriano. Y eso no es todo: en el mundo cañari, la parte más alta del cerro de Paltacalo servía como momento culminante para los delincuentes, quienes eran lanzados al vacío como pena máxima. Los restos encontrados en la base de la montaña así lo evidencian.

En Guanazán busco a unos extranjeros, los italianos de que hablaba el “colorado” y sale a recibirme una hermosa chica de ojos azules de nombre Dorotea, tiene 19 años, es del norte de Italia, le gusta mucho el lugar y trabaja junto con otros paisanos en proyectos sociales, volverá en unos días a su tierra para obtener más dinero.

De Guanazán varios caminos

A partir de Guanazán se puede viajar a Zaruma en tres horas, pasando por Bellavista, Sabadel, Taurococha, Tambillo (al lado de Palenque) y Salvias. Mientras tanto otra “chiva” ya me pita, saldrá con rumbo a Uzhcurrumi y el Pasaje. El vehículo va lleno, la carretera es asfaltada y sinuosa, prefiero no ver los profundos abismos y pienso en otras cosas en espera de que transcurran los minutos. Pasamos por cerca de Zhigún y luego por Daliche; según me dijeron, este punto era hace muchas décadas paso obligado para los morlacos que viajaban hacia Portovelo, Piñas y Zaruma. Cambia la vegetación, del frío pasamos al calor, por ahí cerca está Abañín y luego a las 12h50 llegamos a Aguacate, después Unuyunga, Algodonal, Chillayacu y por último Uzhcurrumi, dos horas después de haber partido de Guanazán. Uzhcurrumi (piedra del gallinazo) luce triste, pasaron ya sus días de esplendor que conocí en los años 70.

César Pinos Espinoza

Luz y Guía, paraíso de aguas termales



Contados azuayos la conocen. Casi perdida en el bosque tropical y algo frecuentada por turistas de lugares cercanos como Naranjal, Ponce Enríquez, Balao Chico y recintos adyacentes, existe una zona con puntos dotados de aguas termales y entorno natural incomparable. Lo que los gobiernos seccionales no les ha dado por décadas, la naturaleza les ha entregado con mano generosa. El ingreso es por Balao Chico, un lugar de la ruta Machala-Puerto Inca. En 45 minutos por una carretera de pésimas condiciones se llega a Luz y Guía, recinto costanero de la parroquia Molleturo, cantón Cuenca. El pueblo muestra un retraso evidente. Los habitantes se quejan por la falta de atención en todo. Por esa razón, cada uno trabaja de acuerdo a sus iniciativas y vive “porque Dios es grande”.

Tierra pródiga y verde

La naturaleza es pródiga, la tierra produce cacao en abundancia, las naranjas casi no hay quien las chupe y los ríos Jagua y Frío, todavía llevan agua limpia. Esas razones, más las termas de agua caliente, son suficientes para un fin de semana alegre y amistoso de las familias y gentes que habitan en la zona. Manuel Peralta, de 80 años, está desde temprano en una esquina del caserío, sentado y viendo a la gente pasar. Dice que nació en Caña Quemada, del cantón Pasaje, que fue soldado de caballería y que ha estado por diversos lugares de la frontera, como Rancho Chico, Palmales, Quebrada Seca y otros que nos recuerdan los graves choques fronterizos de 1941, cuando generosos soldados ofrendaron su vida en defensa de la heredad territorial. Ellos se sacrificaron, y nuestros políticos hoy, ni siquiera se acuerdan de su ejemplo y más bien buscan llevar el agua para su propio molino. Don Manuel está en Luz y Guía desde hace 50 años. Ahora sólo se limita a recordar los tiempos idos y a saludar cada mañana con sus amigos que pasan: el lechero, el pescadero y uno que otro muchacho que se acerca a preguntarle algo.

Aguas calientes y curativas

José Alberto Machicela espera un bus que le lleve a Naranjal para hacer alguna compra, y como todos a esa hora, comenta sobre el último incidente: un chofer del bus que llegó la noche anterior, se puso a beber, luego se estrelló con el vehículo por allí y los dos únicos policías de la plaza le metieron preso. El lugar también es conocido como Zhagal (del quichua “pedregal”), fue una antigua hacienda llamada así y al parecer era de doña Hortensia Mata. De ahí las parcelaciones y aparición de cooperativas. Luego, en compañía del licenciado Luis Saquinaula, gerente de la Cooperativa de Ahorro y Crédito “Ahorrista Solidario”, de San Gabriel de Chaucha y cinco jóvenes más, emprendemos el viaje hacia el sector de “Aguas Calientes”. En 20 minutos llegamos. La carretera ya podemos imaginar, si la principal es pésima, este ramal es camino de cabras, pero como alguien dijo, mejor es eso, pues con una buena vía hacia la montaña, aumentaría la tala de árboles y la depredación de las especies animales que aún habitan.

Paraíso con piscinas naturales

En Aguas Calientes hay dos piscinas naturales, la una de unos 30 metros de largo por 5 de ancho; la otra es casi cuadrada, de 20 por 20 y una profundidad de 30 centímetros, pero lo admirable es la temperatura de las aguas, su pureza y transparencia, que dejan ver el fondo con arena blanca que cosquillea los pies. Un chorro algo grueso despide el líquido caliente por un extremo y casi al centro del estanque se ve burbujas que evidencian de modo casi imperceptible la penetración del agua, no se sabe desde dónde. El marco de vegetación tropical es hermoso, las aves cantan y un tenue calorcito da una sensación de paraíso como para abandonarse horas de horas. Nadie allí sabe nada, pero da la impresión de que el sitio fue conocido desde hace mucho tiempo por nativos indígenas y que fue lugar de recreo en épocas pasadas. Por allí cerquita pasa un arroyo muy manso con aguas tibias de escaso fondo y arenas igualmente blancas.

Presencia de la etnia shuar

Y retornamos. En la ruta Luz y Guía- Balao Chico nos detenemos para ingresar en otro lugar. Le llaman Parque Turístico Shuar. El ramal, como es de suponer, es de pésimas condiciones, sólo para 4 x 4. Marcia es una mujer indígena shuar pero tiene el apellido italiano Lequi, nos recibe muy atenta y cordial; a pesar de su apariencia todavía joven dice que tiene hasta nietos; no tenemos televisor, declara y se ríe; dice que el apellido propio de su padre era Wajai, pero que de pronto decidió inscribirse en el Registro con el apellido italiano. Hoy en el lugar existen 17 familias y un total de 75 personas. Los apellidos más frecuentes son Kitiar y Ankuash. El lugar turístico tiene 5 años pero sus antepasados llegaron hace mucho tiempo desde la amazonía ecuatoriana. Hoy tienen 470 hectáreas bajo su control, cuidado y responsabilidad, una parte es reserva ecológica; unas 50 hectáreas de más abajo son para cultivar. Arriba todavía viven, el puma o león americano, el jabalí, el armadillo, el oso y seguramente muchas especies más. Por allí vemos unas hormigas arrieras que trasladan en larga columna pedazos de hojas: “acumulan comida para el invierno, porque el agua no les dejará trabajar”, explica Marcia. El ambiente es caluroso, a veces hasta de 40 grados de temperatura, igual que el agua.

Para limpiar el cuerpo y el alma

Más allá encontramos al esposo Alex Vásquez (47), con su acento costeño, ágil y vivaz, nos comenta sobre los turistas, el tratamiento de barro y plantas medicinales que realiza y sobre el valor medicinal de la ayaguazca, tenida como droga por algunos, pero que según él, es un milagro de la naturaleza que limpia el cuerpo…y ojalá el alma. En pocos minutos nos da una charla sobre su trabajo y los elementos que utiliza; toma una concha spondylus, la toca, dice que sirve para convocar pero también para limpiar de malos espíritus el local, muestra frascos con brebajes, el lodo medicinal en frascos, me regala uno, habla de la piscina para el baño corporal con lodo, en fin. Todo para entender que para largo tendrá trabajo y clientes. Afuera mientras tanto, la gente sigue llegando, disfrutan del agua milagrosa y según dijo uno de los visitantes, a la vista costeño: “de aquí salgo nuevito y listo para camellar”. ¿Qué habrá querido decir?

César Pinos Espinoza

viernes, 1 de octubre de 2010

De La Libertad a Montañita

Es una nueva aventura. Esta vez desde el populoso puerto principal con dirección a la tierra de los gigantes de Sumpa, la península de Santa Elena, hoy provincia número 24 del Ecuador. Ya por la ruta y en las afueras del puerto, veo que un pequeño grupo de personas discuten algo en torno a su empresa: un gran montón de fundas de basura; junto a ellos varias viviendas de pobreza evidente y calles llenas de desperdicios y caos sanitario. Es el otro rostro de la populosa ciudad de Guayaquil.

Hablando de extravíos

Vuelvo a la Península a los 30 años y todo se muestra diferente. La red vial a partir del eje de cuatro carriles es excelente, pero la veo confusa, creo que conduciendo un vehículo me perdería en menos de lo que canta un gallo, como sucedió una mañana hace varias décadas en el Cajas desde la Luspa, apareciendo de modo inexplicable en horas de la noche, como magia, como un pañuelo desde el sombrero de un mago, lo que ya contaré en su momento. En el interior del confortable bus veo la película “¿Para qué vivimos?” Me preocupa un poco. Es que sería muy grave no saber para qué estamos en este mundo. No sé si sea mejor ignorar, como la avestruz su realidad escondiendo la cabeza, queriendo o sin querer, para no sufrir, aunque de todas formas éste sufrimiento se presente con muchas caras que a veces no las podemos entender, por profundas e insondables…

El sol brilla en todo su esplendor, el cielo está completamente azul, los cultivos, el agua, los frutales, las fincas, los ceibos con sus tétricas figuras de sequía, las palmeras, los pastos, el bosque nativo, los mangos, los platanales, todo es un nuevo mundo diferente al de ayer. Pero continuamos, siempre buscando como el hombre antiguo, el camino del mar.

Recorriendo La Libertad

La Libertad a la vista. ¡Qué diferente! Ahora una ciudad grande, con avenidas, edificios altos y nuevos, tráfico intenso y ya conurbada con Salinas un poco más allá, éste quizás el balneario más hermoso de la costa del Pacífico sur, herencia del auge petrolero y de la pujanza industrial y comercial. En La Libertad camino a tempranas horas de la noche, no conozco a nadie ni nadie me conoce, y junto al mar las olas golpean fuerte y las luces de los pequeños barcos de pesca titilan en su mundo de siglos, mientras las risas juveniles de Peter, Pepe, Elenita, Chicho, Raúl y otros amigos y amigas de hace décadas emergen del recuerdo junto al Salón Hong Kong de noche, o de día cuando llegaban las chicas de su colegio en Ballenita, o los futuros marinos y pilotos que saludaban amistosos con nosotros para hacer planes, y años después, cuando el Jairo Vallejo emprendería una verdadera hazaña o locura al cruzarse a nado desde la playa hasta un barco, causando admiración aún a los propios tripulantes. Recordaba que sentados junto al salón luego, esperando al Jairo, una mano tocaba mi espalda, era Elenita que a los tiempos asomaba, con la misma sonrisa y verdor de sus ojos de siempre.

Prosigo mi camino desde La Libertad hacia Santa Elena, con su hermoso parque y el monumento a Rocafuerte, primer fundador, y a la Madre, heroína de siempre; enseguida Ballenita, San Pablo, Monteverde, Jambelí, Palmar, Ayangue, San Pedro, Valdivia, Libertador Bolívar, Cadeate, Río Chico, Manglaralto y por fin Montañita.

En Montañita de todo

Montañita es un mundo diferente, de turismo puro, todo allí invita al abandono de preocupaciones personales o existenciales. Los que llegan viven su propia vida y disfrutan “como si el mundo se fuera a acabar”. Arriban de todas partes, cada loco con su tema: unos con tablas de surf y cuerpos bronceados; otros, “hippies”, que elaboran y venden manillas y adornos simples y a veces bonitos, que viven de eso y del gozo diurno y nocturno que brindan la playa y las discotecas y los bares, como que no temen ni deben a nadie. No faltan los que venden refrescos, golosinas, caramelos y pequeñeces, humildemente. Algunas chicas se pasean en cuadron por la playa con trajes pequeñitos “dando bola” e inquietando, incluso al hombre maduro y barrigón que descansa recostado en la arena junto a su consorte muy del siglo pasado. Una chica colombiana me ofrece lindos recuerdos en la playa, digo souvenirs y seguramente se ha olvidado de sus padres que todavía le esperan en algún rincón de su tierra paisa, en fin, de todo. Yo observo y callo.

Península con historia milenaria

Mi cámara funciona, y no falta quien me pregunte, quizá por verme solo, qué hago. Les digo que estudio la posibilidad de buscar tesoros de piratas en la Isla de la Plata, y luego saber más sobre las culturas antiguas de esas tierras: Las Vegas, Valdivia, Machalilla, Chorrera, Manteño, Guangala…todo un mundo maravilloso de antes de Cristo y comienzos de nuestra era, como lo que muestra el museo de Los Amantes de Sumpa. Les digo que recorro solitario desde el extremo sur de América, asombrado y confundido por las historias, lejanas en el tiempo.

Y cae la tarde. Los turistas recogen sus cosas y se alejan de la playa. Yo me encamino a mi lugar en el hotel y entonces comienza la bulla nocturna de discotecas y bares, al tiempo que el mar se enfurece y golpea las rocas que protegen el balneario. A la madrugada todo es silencio y soledad, sólo el mar protesta e imperturbable recuerda a todos que es la única fuerza poderosa e incontenible, que proporciona placer pero también si se le ocurre, graves momentos de dolor. Retornaré a los museos de Valdivia y Los Amantes de Sumpa. Esa es otra historia.

César Pinos Espinoza

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Puerto Morona

Edgar Pesántez Torres

“Puerto Morona, promesa nacional” de autoría del periodista César Pinos E., es el título del reportaje que publicó este Diario el domingo. Uno de los géneros más fascinantes del periodismo y el más sentido por quien lo practica es el del reportaje, que relata los aspectos desconocidos de un suceso conocido, reflejando las impresiones del reportero. Se comunica algo que despierta en el lector la emoción y la necesidad de actuar, para ello hay que vivir IN SITU y sentir las impresiones de las personas, cosas y fenómenos para poderlas contar de manera que el lector lo sienta, lo viva y, de este modo conozca los alcances y las limitaciones de la sociedad en donde se desenvuelve, se forme un criterio y actúe conforme a él.

El licenciado Pinos tiene fibra de aventurero, condición peculiar de un reportero que escribe al límite de sus fuerzas, abrumado por la sociedad recóndita y consciente de su indefensión ante la amenaza de las contingencias que se ciernen sobre su destino. Con este reportaje ha hecho revivir las ejecutorias de portentosas autoridades y soñadores periodistas de otras épocas que avizoraron en el mítico Oriente una alternativa de vida para la gente y una estrategia de soberanía nacional. Efectivamente, los mentores y primeros administradores del desaparecido CREA, fueron los colonizadores de vastos espacios selváticos comprendidos entre los ríos Upano, Palora, Pastaza, Cangaime, Undemangociza y Morona.

Rafael A. Pesantes P., apasionado orientalista, hablaba con insistencia de los programas que debían efectuarse en la Amazonía, de manera especial en Morona y de la impostergable construcción de la Vía Interoceánica que la consideraba de trascendencia continental. A estas dos obras los identificaba como Puerto “Proaño” y Vía Interoceánica “Proaño”, en mérito a que el Gral. Víctor Proaño Carrión, nacido en Latacunga el 32 de abril de 1823, fue quien vislumbró la posibilidad de establecer una vía que uniera los océanos Pacífico y Atlántico, en una época en que la ciencia y la técnica estaban en ciernes, cuando el transporte se lo hacía a lomo de mula.

La obra realizada por el CREA en San José de Morona fue magnánima, quizá comparada con los esfuerzos que se hacen ahora para preservar el Yasuní ITT, que tiene por fin dejar una importante reserva de crudo bajo tierra en una zona de alta diversidad en la Amazonía, a cambio de una compensación económica de los países industrializados. En su época los trabajos de Puerto “Proaño” también impresionaron a organismos mundiales como la UNESCO, la OEA, la FAO y el PMA que enviaron expertos para el estudio de esta obra. Este último organismo fue premiado por la UNP del Guayas, pues su técnico David Alaluf, entre otras cosas decía:

“El Ecuador puede mostrar a los países en desarrollo un modelo interesante de colonización que está haciendo posible la incorporación de una zona que presentan las marjores condiciones para el desarrollo ganadero y cultivos tropicales. (…) Sin quererlo han tomado la forma de un KIBUTZ israelí que al valorizar más al grupo humano que a los recursos o aportes que se puedan obtener del gobierno, han logrado estimular la constitución de una gran familia, con un ideal común que ha realizado sacrificios increíbles para redimir esta zona selvática, pero que han sido mejor soportados porque allí el hombre no se enfrenta solo al medio hostil. El esfuerzo integrado ha dado sus frutos y San José de Morona es un hito en la colonización del oriente ecuatoriano”.


Artículo publicado en Diario El Mercurio el 14 de septiembre de 2010