viernes, 1 de octubre de 2010

De La Libertad a Montañita

Es una nueva aventura. Esta vez desde el populoso puerto principal con dirección a la tierra de los gigantes de Sumpa, la península de Santa Elena, hoy provincia número 24 del Ecuador. Ya por la ruta y en las afueras del puerto, veo que un pequeño grupo de personas discuten algo en torno a su empresa: un gran montón de fundas de basura; junto a ellos varias viviendas de pobreza evidente y calles llenas de desperdicios y caos sanitario. Es el otro rostro de la populosa ciudad de Guayaquil.

Hablando de extravíos

Vuelvo a la Península a los 30 años y todo se muestra diferente. La red vial a partir del eje de cuatro carriles es excelente, pero la veo confusa, creo que conduciendo un vehículo me perdería en menos de lo que canta un gallo, como sucedió una mañana hace varias décadas en el Cajas desde la Luspa, apareciendo de modo inexplicable en horas de la noche, como magia, como un pañuelo desde el sombrero de un mago, lo que ya contaré en su momento. En el interior del confortable bus veo la película “¿Para qué vivimos?” Me preocupa un poco. Es que sería muy grave no saber para qué estamos en este mundo. No sé si sea mejor ignorar, como la avestruz su realidad escondiendo la cabeza, queriendo o sin querer, para no sufrir, aunque de todas formas éste sufrimiento se presente con muchas caras que a veces no las podemos entender, por profundas e insondables…

El sol brilla en todo su esplendor, el cielo está completamente azul, los cultivos, el agua, los frutales, las fincas, los ceibos con sus tétricas figuras de sequía, las palmeras, los pastos, el bosque nativo, los mangos, los platanales, todo es un nuevo mundo diferente al de ayer. Pero continuamos, siempre buscando como el hombre antiguo, el camino del mar.

Recorriendo La Libertad

La Libertad a la vista. ¡Qué diferente! Ahora una ciudad grande, con avenidas, edificios altos y nuevos, tráfico intenso y ya conurbada con Salinas un poco más allá, éste quizás el balneario más hermoso de la costa del Pacífico sur, herencia del auge petrolero y de la pujanza industrial y comercial. En La Libertad camino a tempranas horas de la noche, no conozco a nadie ni nadie me conoce, y junto al mar las olas golpean fuerte y las luces de los pequeños barcos de pesca titilan en su mundo de siglos, mientras las risas juveniles de Peter, Pepe, Elenita, Chicho, Raúl y otros amigos y amigas de hace décadas emergen del recuerdo junto al Salón Hong Kong de noche, o de día cuando llegaban las chicas de su colegio en Ballenita, o los futuros marinos y pilotos que saludaban amistosos con nosotros para hacer planes, y años después, cuando el Jairo Vallejo emprendería una verdadera hazaña o locura al cruzarse a nado desde la playa hasta un barco, causando admiración aún a los propios tripulantes. Recordaba que sentados junto al salón luego, esperando al Jairo, una mano tocaba mi espalda, era Elenita que a los tiempos asomaba, con la misma sonrisa y verdor de sus ojos de siempre.

Prosigo mi camino desde La Libertad hacia Santa Elena, con su hermoso parque y el monumento a Rocafuerte, primer fundador, y a la Madre, heroína de siempre; enseguida Ballenita, San Pablo, Monteverde, Jambelí, Palmar, Ayangue, San Pedro, Valdivia, Libertador Bolívar, Cadeate, Río Chico, Manglaralto y por fin Montañita.

En Montañita de todo

Montañita es un mundo diferente, de turismo puro, todo allí invita al abandono de preocupaciones personales o existenciales. Los que llegan viven su propia vida y disfrutan “como si el mundo se fuera a acabar”. Arriban de todas partes, cada loco con su tema: unos con tablas de surf y cuerpos bronceados; otros, “hippies”, que elaboran y venden manillas y adornos simples y a veces bonitos, que viven de eso y del gozo diurno y nocturno que brindan la playa y las discotecas y los bares, como que no temen ni deben a nadie. No faltan los que venden refrescos, golosinas, caramelos y pequeñeces, humildemente. Algunas chicas se pasean en cuadron por la playa con trajes pequeñitos “dando bola” e inquietando, incluso al hombre maduro y barrigón que descansa recostado en la arena junto a su consorte muy del siglo pasado. Una chica colombiana me ofrece lindos recuerdos en la playa, digo souvenirs y seguramente se ha olvidado de sus padres que todavía le esperan en algún rincón de su tierra paisa, en fin, de todo. Yo observo y callo.

Península con historia milenaria

Mi cámara funciona, y no falta quien me pregunte, quizá por verme solo, qué hago. Les digo que estudio la posibilidad de buscar tesoros de piratas en la Isla de la Plata, y luego saber más sobre las culturas antiguas de esas tierras: Las Vegas, Valdivia, Machalilla, Chorrera, Manteño, Guangala…todo un mundo maravilloso de antes de Cristo y comienzos de nuestra era, como lo que muestra el museo de Los Amantes de Sumpa. Les digo que recorro solitario desde el extremo sur de América, asombrado y confundido por las historias, lejanas en el tiempo.

Y cae la tarde. Los turistas recogen sus cosas y se alejan de la playa. Yo me encamino a mi lugar en el hotel y entonces comienza la bulla nocturna de discotecas y bares, al tiempo que el mar se enfurece y golpea las rocas que protegen el balneario. A la madrugada todo es silencio y soledad, sólo el mar protesta e imperturbable recuerda a todos que es la única fuerza poderosa e incontenible, que proporciona placer pero también si se le ocurre, graves momentos de dolor. Retornaré a los museos de Valdivia y Los Amantes de Sumpa. Esa es otra historia.

César Pinos Espinoza

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Puerto Morona

Edgar Pesántez Torres

“Puerto Morona, promesa nacional” de autoría del periodista César Pinos E., es el título del reportaje que publicó este Diario el domingo. Uno de los géneros más fascinantes del periodismo y el más sentido por quien lo practica es el del reportaje, que relata los aspectos desconocidos de un suceso conocido, reflejando las impresiones del reportero. Se comunica algo que despierta en el lector la emoción y la necesidad de actuar, para ello hay que vivir IN SITU y sentir las impresiones de las personas, cosas y fenómenos para poderlas contar de manera que el lector lo sienta, lo viva y, de este modo conozca los alcances y las limitaciones de la sociedad en donde se desenvuelve, se forme un criterio y actúe conforme a él.

El licenciado Pinos tiene fibra de aventurero, condición peculiar de un reportero que escribe al límite de sus fuerzas, abrumado por la sociedad recóndita y consciente de su indefensión ante la amenaza de las contingencias que se ciernen sobre su destino. Con este reportaje ha hecho revivir las ejecutorias de portentosas autoridades y soñadores periodistas de otras épocas que avizoraron en el mítico Oriente una alternativa de vida para la gente y una estrategia de soberanía nacional. Efectivamente, los mentores y primeros administradores del desaparecido CREA, fueron los colonizadores de vastos espacios selváticos comprendidos entre los ríos Upano, Palora, Pastaza, Cangaime, Undemangociza y Morona.

Rafael A. Pesantes P., apasionado orientalista, hablaba con insistencia de los programas que debían efectuarse en la Amazonía, de manera especial en Morona y de la impostergable construcción de la Vía Interoceánica que la consideraba de trascendencia continental. A estas dos obras los identificaba como Puerto “Proaño” y Vía Interoceánica “Proaño”, en mérito a que el Gral. Víctor Proaño Carrión, nacido en Latacunga el 32 de abril de 1823, fue quien vislumbró la posibilidad de establecer una vía que uniera los océanos Pacífico y Atlántico, en una época en que la ciencia y la técnica estaban en ciernes, cuando el transporte se lo hacía a lomo de mula.

La obra realizada por el CREA en San José de Morona fue magnánima, quizá comparada con los esfuerzos que se hacen ahora para preservar el Yasuní ITT, que tiene por fin dejar una importante reserva de crudo bajo tierra en una zona de alta diversidad en la Amazonía, a cambio de una compensación económica de los países industrializados. En su época los trabajos de Puerto “Proaño” también impresionaron a organismos mundiales como la UNESCO, la OEA, la FAO y el PMA que enviaron expertos para el estudio de esta obra. Este último organismo fue premiado por la UNP del Guayas, pues su técnico David Alaluf, entre otras cosas decía:

“El Ecuador puede mostrar a los países en desarrollo un modelo interesante de colonización que está haciendo posible la incorporación de una zona que presentan las marjores condiciones para el desarrollo ganadero y cultivos tropicales. (…) Sin quererlo han tomado la forma de un KIBUTZ israelí que al valorizar más al grupo humano que a los recursos o aportes que se puedan obtener del gobierno, han logrado estimular la constitución de una gran familia, con un ideal común que ha realizado sacrificios increíbles para redimir esta zona selvática, pero que han sido mejor soportados porque allí el hombre no se enfrenta solo al medio hostil. El esfuerzo integrado ha dado sus frutos y San José de Morona es un hito en la colonización del oriente ecuatoriano”.


Artículo publicado en Diario El Mercurio el 14 de septiembre de 2010