domingo, 3 de octubre de 2010

En Trujillo y Lima, huellas del pasado



Publicado en Diario El Mercurio, de Cuenca, Ecuador

Mi largo recorrido de más de 14 mil kilómetros por vía terrestre se inicia en Cuenca el domingo 10 de mayo a las 11h00. Ya a las 16h00 me encuentro en Aguas Verdes y luego en Zarumilla; algunas décadas atrás estos lugares y otros fueron territorio ecuatoriano. En esos lares la vida es agitada y calurosa, en medio de millares de comerciantes, tricimotos y taxis sin uniformidad alguna. En fin, con nueva moneda hay que proseguir hacia el primer objetivo, Tumbes. En esta ciudad desordenada y bulliciosa encontramos varias empresas excelentes en el transporte terrestre interno del Perú e incluso hacia Chile, Bolivia y Brasil. Es el caso de Ormeño y Oltursa, con buses de dos pisos, aunque, como dijo un conductor, durmiéndose en los laureles, porque ya han asomado otras compañías a nivel nacional, caso Cruz del Sur, Civa, Cial, Via y Flores, que realizan su trabajo de mejor manera. En todo caso, en este aspecto el Perú nos lleva amplia ventaja.

Trujillo, colonial e interesante

Sea como fuere, encaramados en el segundo piso del Ormeño, saliendo a las seis de la tarde arribamos a Trujillo a las cinco de la mañana del día siguiente. Parece que llegamos muy pronto porque no hay ningún movimiento, únicamente un restaurant “24 Horas” que nos auxilia con un caldo de ave en ese momento de frío y ligera llovizna y nos permite reorganizarnos para la jornada del nuevo día. A las siete y media ya recorremos la ciudad y nos encontramos con una novedad: la casa donde vivió y murió el general José Luis Orbegozo, aquel que junto a José Domingo Lamar y Agustín Gamarra, fuera derrotado por las huestes del Mariscal Antonio José de Sucre en el Portete de Tarqui la mañana del 27 de febrero de 1829. Orbegozo fue presidente del Perú y cayó también derrotado después por los chilenos dentro de la Confederación Perú-boliviana en 1837. Hoy este lugar es un museo que en su entrada tiene una placa que dice: “El gran Mariscal don José Luis de Orbegozo y Moncada, Prócer de la Independencia, Presidente de la República 1833-1837. Vivió y murió el 5 de febrero de 1847 en esta casa que fue también de sus antepasados fundadores de la ciudad de Trujillo”.

Trujillo, con 400 mil habitantes, posee un hermoso centro colonial, plaza de armas, edificios y el templo de San Francisco, destruido por el terremoto del 31 de mayo de 1970 y reconstruido hasta 1978.

Las ruinas de Chan Chan

A quince minutos de Trujillo, tomando un taxi que me cobra diez “nuevos soles”, llego a algo impresionante, una extensa área desértica en medio de la cual se encuentran vestigios de una civilización que existió y tuvo su esplendor entre los años 850 y 1400 d.C. Fue la cultura Chimú y según dicen, debió ser esa una ciudad de unos 40 mil habitantes. Quedo maravillado, igual que varios turistas canadienses, australianos, neozelandeses y alemanes que se encuentran en ese momento. Impactante. Cincuenta fotografías, y por supuesto, pido a una chica australiana que me “saque” una foto. Es la ciudad de barro más importante, un patio ceremonial fue la antesala, luego un corredor de peces y aves grabados en alto relieve. Para el tránsito utilizaban rampas y la galería alta tenía un techo soportado por columnas. Todos los muros estaban decorados con representación de redes de pesca en relieves pintados de blanco. El lugar está a dos kilómetros del mar y era parte del Palacio Tschudi. Cuando los incas llegaron luego del 1400, los chimús estaban en decadencia, no se sabe por qué, pero todavía mostraban huellas de esplendor.

Con rumbo a Lima, el misterio continúa

Ahora, 12h30, estoy a bordo de un bus de otra empresa, ITTSA. Escojo un sofá-cama en el primer piso y me cuesta 80 soles, unos 29 dólares, hacia la capital del Rimac. Antes de salir, reviso mi correo y cuento esta inicial experiencia a mi hija Kharen en Barcelona y anuncio mi próxima presencia a María Soledad, Roberto y el pequeño Alejandro en Santiago de Chile. Kharen ya sabía de mi raid y ha llorado, no la veo cerca de dos años. Viene a mi mente aquello de: “Ni una hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de Dios”, y lo del Oso Panda en una película cuando alguien dice: “nada es un accidente”.

Hasta aquí el transporte peruano demuestra su gran calidad y modernidad: a bordo excelente almuerzo, bellas y atentas “terramozas”, buenas películas, promoción turística, pantalla que registra la velocidad del bus, mantas, almohadas, etc. Por fin ya no vemos a Jacky Chan ni violencia alguna como en ciertos casos que conocemos. Y así, prosigue el viaje. Extenso desierto, a veces oasis con verdor y cultivos, carretera asfaltada “como una mesa de villar” y completamente limpia y muy bien señalizada. En Chimbote estamos a las 14h30, luce alegre y movida esta ciudad, aunque con el cielo gris. Hace unos años soportó un grave terremoto. Y algo curioso, durante todo el recorrido y cada cierta distancia se ve patrulleros policiales vigilando el tránsito, a veces en pleno desierto, pero también a cada paso cruces y recuerdos de accidentes en la vía, a manera de nuestros “corazones azules”.

Lo que buscamos, la tumba de La Mar

Son las nueve de la noche y por fin arribamos a Lima. Nos espera el hotel Panamericano y un merecido descanso. Al día siguiente muy temprano estamos listos para una larga tarea. Primero a la Plaza de Armas, sensacional, grupos de turistas de todas partes observan los edificios: con bandera roja y blanco el Palacio Torre Tagle, residencia del presidente de la República, la Catedral, el Palacio del Arzobispado y otras hermosas construcciones. Primero fotos, luego a ingresar en la Catedral.

Pregunto a un guía turístico, está aquí la tumba del Mariscal La Mar? Consultas de unos a otros y por fin, ni siquiera saben de quién se trata. Nunca han oído ese nombre. No conocían que La Mar incluso fue presidente del Perú. Comencé a perder la paciencia y las esperanzas, mi curiosidad de años se esfumaba, pero había que insistir, al fin, para ello estaba en Lima. En la Catedral contemplo la tumba de Francisco Pizarro, el porquerizo que matara a Atahualpa en Cajamarca el fatídico 28 de agosto de 1533. Detallan hasta sus mínimas dolencias, lesiones y pérdida de molares “por su avanzada edad”. Luego está la capilla de la Virgen de la Candelaria; de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, segundo Obispo de Lima; el baldaquino del altar mayor es del arquitecto y pintor español Matías Maestro; de san Francisco de Sales; de Melchor Antonio de Portocarrero, Conde de Moclova que en la batalla de Dunas de Dunkerque en 1658 perdió el brazo derecho que le sustituyeron con una prótesis de plata, por lo cual le conocían como el “Brazo de plata”. También hay un gran óleo de “San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei”. En un extremo del palacio de gobierno esta el museo del “Señor de Sipan”, lo visitamos; este tesoro cultural peruano tiene mucha significación para explicar los orígenes y el esplendor pre-inca durante los primeros siglos de la era cristiana.

La Mar en el Cementerio de los Héroes

En un museo de arte religioso junto a la iglesia de San Francisco una señora me dio la pista: “Lo que usted busca está en el cementerio de los Héroes o del Presbítero Matías Maestro, pero cuidado, el lugar está plagado de ladrones”. En medio del calor me quedé helado. Pero insisto, en fin de cuentas, para qué estoy aquí?

El taxi me deja en la puerta del cementerio, pero el conductor me advierte: cuidado, todos los que nos miran son ladrones, entre directo y al salir tome directo un taxi y márchese rápido, no mire atrás. Me acordé de Sodoma y Gomorra, pero aquí no me harán estatua de sal. Tensos los minutos, difícil el acceso, piden dinero los guardianes. No importa, tengo algunos soles. De pronto Sixto me muestra lo que busco, el mausoleo del Mariscal cuencano José Domingo La Mar y Cortázar. Estoy maravillado, me pellizco, no creo. Está lleno de polvo y casi olvidado, saco mi pañuelo, algo lo limpio, nadie por ahí sabe quién fue y sólo una flores marchitas quedan de recuerdo; mis guías quieren quitar las flores pero les digo que las dejen ahí, al fin, alguien se ha acordado de aquel hombre que nació en la casa que actualmente es la Alcaldía de Cuenca, que fue héroe de las guerras napoleónicas, que luchó por la corona española y que luego se constituyó en un baluarte de la independencia americana, presidente del Perú y concluyó derrotado en el Portete, cerca de mi tierra, para declinar su vida en 1830, expatriado, en Costa Rica.

Cerca de la tumba de La Mar está la de Vicente Rocafuerte, primer presidente ecuatoriano. No sabía. Fue una sorpresa. De Mariano Necochea, argentino, héroe de Junín, Ayacucho, Pichincha y el Portete, protector de José María Camacaro, porque este héroe mulato caleño caído en Cuchipirca, junto a Girón, lo había rescatado de morir en una batalla en Perú; del Mariscal Agustín Gamarra, general peruano derrotado en esa misma batalla, presidente del Perú después de la caída de La Mar, muerto en la batalla de Ingaví contra los bolivianos, y de otros personajes importantes. En el centro está un gran mausoleo destinado a los héroes peruanos de la Guerra del Pacífico.

Rumbo a Nasca, Tacna y Arica

Son las 07h00 del miércoles y me encuentro en la terminal de Cruz del Sur, una de las empresas más poderosas y organizadas del Perú. Tomo el cuarto asiento del segundo piso con rumbo a Nasca, saldré a las 07h30. Me cuesta 66 soles, unos 23 dólares. En esa terminal los taxis son nuevos y sus conductores están bien uniformados. Junto a mí van dos jóvenes, ella peruana y él suizo, viajan a Paracas y luego a Arequipa, Cusco, Puno y la selva. Una autopista de cuatro carriles por más de cuarenta kilómetros nos conduce hacia el sur para descubrir nuevos e impresionantes lugares. Les contaré después lo que vi en Nasca, Tacna y Arica, el Campo de la Alianza y el Morro, en el capítulo de la Guerra del Pacífico, una tragedia bélica de hace 129 años que no la olvidan los contendores; luego sobre Antofagasta, puerto chileno impresionante y hermoso.

César Pinos Espinoza

sábado, 2 de octubre de 2010

El sendero histórico y el templete




Uzhcurrumi y Porotillo


El vehículo desciende lentamente hacia los calientes de Daliche, Algodonal y Aguacate. En los años 40 y 50 del siglo anterior Daliche era paso obligado de los viajeros cabalgando procedentes de Zaruma, Portovelo y Piñas con rumbo a Cuenca, algunos para estudiar Derecho o Medicina en su Universidad, y viceversa, de los azuayos que iban hacia la parte alta de las tierras orenses conduciendo recuas cargadas de queso y mercaderías para incipientes mercados de pequeñas poblaciones.

No es difícil imaginar el sacrificado tránsito desde el norte atravesando ríos, caminos de camellones, zonas cálidas y malsanas en agotadoras jornadas de varios días, hasta llegar a centros mineros que convocaban a gente de todas partes, incluso extranjeros venidos de tierras lejanas de ultramar, con costumbres misteriosas, religiones y lenguas desconocidas que a través de las décadas, por presión de fanáticos e intereses económicos, fueron perdiéndose y se sumieron poco a poco en el olvido.

“Vino, vio y venció”

Hoy por los lugares que paso ya nadie recuerda nada. Las nuevas generaciones centran su interés en el comercio, la minería artesanal y la pequeña producción que llevan a Uzhcurrumi en los días de feria. A este pueblo lo vi floreciente en los años 60 y 70 en la época de la carretera que unía a Santa Isabel con el Pasaje, pasando por los desfiladeros de Pacchamama, por San Francisco y Chilcaplaya.

La carretera fue construida durante una administración de Velasco Ibarra, con una solemne y bulliciosa inauguración en Pasaje. Su artífice, el ingeniero Isauro Rodríguez Loaiza, un lojano que “vino, vio y venció”, y se quedó para siempre, porque llegó a amar la tierra chabela. Colgados con sogas en las peñas construyeron la carretera, con dinamita y a pico y pala; todavía no se consolidaba la era del tractor. Por supuesto la obra tuvo un costo lamentable de vidas humanas. Hoy esa ruta se ha cerrado y desaparece lentamente; guarda placas recordatorias en rincones, es silenciosa y ya nadie pasa por allí, sólo las cabras de vez en cuando.

Vuelta a la República

Antes de Uzhcurrumi queda también de recuerdo un puente, muy angosto pero bien hecho, como los hacían antes, y en la roca está insertada una placa que recuerda a los ejecutores. ¡Ah, si ese puente hablara! En la honda quebrada forjada en siglos por el río, mucha agua ha corrido desde que hicieron ese paso, en el tiempo cuando pasaban veloces aunque cautelosos los bólidos Ford, Chevrolet e Internacional en las denominadas “Vuelta a la República”, el más esperado espectáculo automovilístico de verdaderos volantes. Casi ya han desaparecido todos. Quedan en la retina y en la memoria nombres como Jaime Endara, Luis “loco” Larrea, Salomón Dumani, Arturo Semería, el “gato” Cucalón, Otto Balduz, los hermanos Harb, Benavidez e incluso un peruano llamado Federico Pity Block; para los azuayos todavía son recuerdo borroso, los entonces jóvenes hermanos Picón de Girón y Gustavo Piedra Coronel de Santa Isabel, con poca suerte en esta clase de lides. No se ha sabido que alguien los haya rendido un homenaje a quienes en su momento unieron a nuestros pueblos de un modo muy sui géneris. Algunos eran gente adinerada que quiso dejar huella en pueblos y ciudades, cuando las carreteras asfaltadas todavía eran un mito. Para los niños de entonces, eran mejores héroes que los que hoy muestra la televisión.

“Si su hija sufre y llora…”

Uzhcurrumi, antes centro de comercio de cereales y origen del sacrificado trabajo y fortuna de algunos ciudadanos, pasó a la historia. El nuevo trazo de la carretera actual por Zarayunga, Las Palmas y Quera, le empujó a segundo plano, aunque para algunos como don Manuel, es mejor, “porque se vive en paz y sin la bulla de tanto carro”. Mientras tanto, los gallinazos, como desde hace mucho tiempo, siguen anidando en una gran piedra, confirmando el nombre quichua de Uzhcurrumi (piedra del gallinazo).

Desde este pueblo en un bus prosigo hacia el sur. Me distraen las leyendas interiores que todavía llevan algunos vehículos: “De mí te olvidarás, pero de lo que hicimos jamás”; “Pilas chicas, ayudante libre y disponible”; “Si su hija sufre y llora, es por un chofer señora”. ¡Qué cosas no!

La emboscada de Porotillo

El Jubones prosigue su marcha. Más abajo está Porotillo, junto a la quebrada del río Cune. Aquí hay que detenerse porque existe una historia sangrienta. Fue durante la invasión peruana de 1941. Miles de soldados del sur se habían tomado las poblaciones de Santa Rosa, Pasaje y otras, causando una verdadera tragedia en pueblos pobres, pacíficos e indefensos, incendiando, robando, destruyendo, violando a mujeres y matando sin miramientos, ante la impavidez, complicidad e ineptitud de un gobernante tristemente célebre, hombre que decían, muy culto e inteligente, pero que más obedecía a su supuesto ancestro peruano.

En esas circunstancias en Porotillo se preparaba una trampa. Un pequeño grupo de combatientes ecuatorianos tendieron una emboscada a los peruanos en un recodo del camino. El lugar era perfecto para el caso. Yo lo vi y medité muchas veces in situ. No podían fallar. Una ametralladora “ZB” y unos cuantos “máuser” castigarían ferozmente a una avanzada de cerca de 40 peruanos. La matanza fue casi total. El pánico se veía en el rostro de los invasores. La tragedia tiñó de rojo a Porotillo. Sólo dos se salvaron en el momento del tiroteo; se lanzaron al lecho del Jubones queriendo escapar de la furia de los defensores; pero el uno pereció ahogado y el otro, algunos días después llegó casi muerto al Pasaje para contar que toda la patrulla había sido aniquilada. Mi ex maestro de la escuela Honorato Vázquez, don Miguel Morales Villavicencio, que en paz descanse, nos contó a los niños con lujo de detalles el suceso; él tenía veinte años y fue actor en aquel aciago día. Lo que vino después ya es de imaginar. Los peruanos se enfurecieron, también se atemorizaron, pero bombardearon con su aviación pueblos como Santa Isabel, de modo infame, mientras enormes columnas de refugiados avanzaban a tierras azuayas; un avión llegó a Cuenca se dio una vuelta por El Vecino y cuando algún soldado quiso dispararle, un oficial le impidió; le faltaban pantalones. Nació un millonario que aprovechó la ocasión; fuimos humillados y ofendidos; y al término, fue amputado nuestro territorio. El mundo comenzaba a vivir la Segunda Guerra Mundial.

Prosigo desde Porotillo imaginando la tragedia. Recuerdos de una tarabita tendida sobre el Jubones, mis amores juveniles y el cruce del cable de acero una noche con trapecio, a pesar de que la “chillana” me pedía que no lo haga porque el río “devorador de hombres” estaba enfurecido, en fin, tantas cosas. Llego a Quera y retorno a casa. La historia y la noche, quedaron atrás.

César Pinos Espinoza.

Los Amantes en el Museo



Pintura del Museo de Santa Elena



Los Amantes de Sumpa en pueblos milenarios

Publicado por Diario El Mercurio, de Cuenca, Ecuador: 3 de octubre de 2010.

La pintura en este museo ubicado en el cantón Santa Elena, provincia del mismo nombre, es hermosa e impresionante. Dice con detalle muchas cosas sobre nuestros primeros habitantes costeños de hace 10 mil años. El artista ha plasmado de modo correcto una escena cotidiana que los identifica plenamente entre los pueblos de América del Sur. Camino por las calles de esta ciudad alegre y calurosa y en el rostro de muchos habitantes veo a los Vegas. No hay duda, la etnia estuvo dispersa a lo largo de una enorme zona que hoy corresponde a las provincias de Guayas y Santa Elena. Posteriormente sus descendientes poblaron hasta El Oro y Manabí. De acuerdo a las investigaciones incluso habitaron en la costa norte del Perú.

Las Vegas, 10 mil años de antigüedad

El sitio Las Vegas fue descubierto en 1961 por una expedición de la Universidad de Columbia, New York, bajo la dirección del investigador y científico Edward P. Lanning. El museo de sitio se encuentra hacia las afueras del centro cantonal y el Banco Central lo mantiene de excelente forma. Según los arqueólogos la cultura tendría entre 7 y 9 mil años de antigüedad, sin embargo, nuevos estudios en 1990 dijeron que el primer asentamiento de Las Vegas fue hace 10 mil años. Karen Stothert, antropóloga norteamericana, en 1972 determinó que se trata de una proto-cultura, lo cual ha sido aceptado por las universidades de Stanford, Yale y Harvard. Entonces, piso en el sitio funerario más importante del Ecuador, el entierro llamado “Los Amantes de Sumpa”. De la llamada “Civilización Caral”, en el norte de Lima, Perú, se dice algo similar en cuanto a antigüedad. Luego, es posible que las dos culturas--dado que los nuestros fueron expertos navegantes--incluso se relacionaron en algún momento. En los museos vemos algunas muestras de concha Spondylus, y como sabemos, este fue un elemento de mucho valor para nuestros ancestros costeños

Valdivia, pueblo laborioso y admirable

Qué lindo es todo esto, en el traslado de un lugar a otro no se siente ni hambre ni cansancio, ni molesta el calor. Los buses para viajar de Santa Elena a Valdivia son pobres y creo que sus propietarios no están en condiciones de tener sus vehículos como manda la ley y como es lógico, sólo les preocupa que anden como sea y tener pasajeros. Llegamos a Valdivia. Buscamos el museo y sin dificultad lo encontramos. No parece museo sino una casa cualquiera con unos cuartos en donde se exhiben piezas al parecer antiguas, aunque no hay que olvidar que en esos lugares la gente es muy hábil para fabricar objetos exactamente iguales a los antiguos, es decir, “figuras recién envejecidas para americanos”, como dice la canción de Piero. En todo caso, es un museo de buena voluntad y apasionamiento por parte del dueño. Valdivia es una cultura arqueológica precolombina que se desarrolló entre el 3500 a. C. y el 1800 a. C. en la costa ecuatoriana entre las provincias de Manabí y Santa Elena, una de las áreas más secas de nuestro litoral. Es la cultura más antigua de agricultores sedentarios y ceramistas del Ecuador y una de las primeras de Sudamérica, aseguran los entendidos. Dicen que vivían del cultivo de maíz, fréjol, yuca, calabazas, achira y algodón. De modo que la achira no ha sido exclusiva de Girón y otros rincones serranos. También eran pueblos cazadores, especialmente de venados, pescadores en mar abierto y recolectores de moluscos y crustáceos en playas, manglares y esteros.

Jocay fue una gran ciudad manteña

En América del Sur la presencia del hombre data de hace treinta mil años aproximadamente, la hoya amazónica era un inmenso lugar de bosque seco, lo que debe haber facilitado la expansión del hombre, no adaptado aún a la selva tropical. Por su parte Valdivia dio paso a la cultura Machalilla y luego a la Chorrera, transmitiéndoles muchos elementos culturales, especialmente aquellos relacionados con la innovación en la cerámica. Recién conozco que Jocay, hoy bajo la moderna urbe de Manta, era la gran ciudad manteña precolombina, que según el milanés Girolamo Benzoni (1550), viajero en América en los primeros momentos de la conquista, habría tenido más de 20 mil habitantes, de los cuales encontró solamente 50, cuando la visitó. Según nuestro amigo y ex compañero de aula colegial, el arqueólogo Ernesto Salazar González, de magníficos estudios en Europa y Estados Unidos, “el único arqueólogo que logró ver las ruinas de la ciudad fue Marshall Saville (1907), quien señala la existencia de restos de ‘cientos’ de casas y muchos montículos-probablemente tumbas- dispersos por todas partes. Jijón y Caamaño, que también la visitó, sólo pudo ver montones de huesos humanos apilados selectivamente, por cráneos, mandíbulas o piernas, reducidos a su mínima expresión”.

Pueblos que desaparecieron calladamente

De los “Amantes de Sumpa” se han dicho muchas cosas: que fueron jóvenes, que murieron juntos no se sabe por qué causa, que estuvieron solidarios en la muerte…De estos casos en la vida moderna también se dan cuando existe el auténtico amor. Pero esos jóvenes jamás se imaginaron que llegarían a ser tan famosos en la ciencia y la arqueología, pues el hallazgo causó conmoción en el mundo entero. Hoy reposan en una vitrina. En el sitio se descubrieron cerca de 200 osamentas, constituyendo el cementerio más grande de América de esa época, según manifiesta un documento del Banco Central. La desaparición de los habitantes costeños es un misterio. Posiblemente fueron víctimas de las enfermedades traídas por los extraños, o a lo mejor huyeron al interior, es decir, calladamente se hundieron en la noche de los tiempos, para luego reaparecer en los rostros y figuras de miles de modernos habitantes de la costa que hoy vemos.

César Pinos Espinoza

Guanazán, Paltacalo y Dorotea