domingo, 18 de septiembre de 2011

Piedras, el último tren ecuatoriano






Diario El Mercurio, domingo 18 de septiembre de 2011.

Elena, una bella muchacha zarumeña de 20 años y ojos claros, escapaba de su hermosa tierra, talvez para siempre. ¿Qué le empujaba a tal decisión? El amor. ¿Quién era el afortunado? Un joven azuayo de 24 años. Cuando la conoció en Moromoro, quedó flechado. La joven maestra de escuela vio en el pretendiente un enigma, una especie de enviado para una misión difícil de entender, en ese momento y después. ¿Y qué hacer? ¿A dónde ir? Era un tiempo donde no existían carreteras, si se pretendía viajar lejos. Todo se hacía a lomo de mula. Las tierras del Azuay eran tan lejanas que había que cabalgar por tres días y audazmente sólo por dos ocasiones al año. Guayaquil, un sueño difícil de alcanzar. ¿Vamos a Guayaquil? propuso José, el morlaco enamorado. Y ante la propuesta que sonaba como aventura loca, emprendieron el viaje. ¿Quién no de joven, buscando nuevos horizontes? Primero a través de lodosos chaquiñanes durante horas interminables y agotadoras jornadas con dirección a Piedras, la estación del tren. Mientras tanto, los mineros de Zaruma y Portovelo, horadaban los últimos túneles en las entrañas de la tierra para extraer el precioso metal y transportarlo por la ruta del tren hacia Pasaje, Machala y Puerto Bolívar, y de allí al extranjero, para aumentar la riqueza de poderosos empresarios. Se llevaban nuestro patrimonio de siglos y dejaban, ya todos sabemos, las secuelas de una explotación ambiciosa y de escaso beneficio para el pueblo.

Desde Marcabelí por La Bocana

Hace poco, desde Marcabelí hemos emprendido en 4x4 un viaje hacia un punto casi desconocido por los ecuatorianos: Piedras. La carretera es una antigua ruta hacia Loja que se encuentra en buenas y malas condiciones. Todo es verdor en el camino, una que otra vivienda en el trayecto hasta llegar a La Bocana. Poco antes vadeamos un río porque está en construcción un puente, justo en la entrada de este pueblo, y divisamos una pequeña ciudadela de casas bonitas construidas por el Estado. Un poco más y llegamos a Piedras, se muestra solitario y casi despoblado. En efecto hay poca gente y sólo dos o tres habitantes asoman curiosos. Uno de ellos es Francisco Carrión, un hombre de mediana edad que demuestra saber mucho de su pueblo. La parroquia de Piedras fue creada el 30 de junio de 1963 y el 12 de junio de 1964 se publicó en el Registro Oficial, de modo que el 12 de junio es la fiesta anual. Antes de su inicio como parroquia fue una gran hacienda conocida con el nombre de Yucas, pero hoy todavía existen extensas propiedades y la producción más importante y que domina es justamente ese sabroso tubérculo.

¿Por qué el nombre de Piedras?

¿Por qué el nombre de Piedras? Cuentan que en la época en que se construía la línea férrea y que el lugar se destinaba a terminal del ferrocarril, la compañía constructora en los desbanques que hacía para el tendido de los rieles, encontró una cantera de piedras especiales que servían para afilar herramientas, por lo cual poco a poco los pobladores comenzaron a identificar el sitio con el nombre de Piedras. El 6 de enero de 1996 por decreto oficial el sitio de Saracay fue elevado a la categoría de parroquia, consecuentemente, Piedras sufrió una desmembración territorial, quedando tan sólo con los sitios El Recuerdo, el Carmen, Flores, Zapote, Capulí y San Martín. A partir de la construcción de la línea férrea y del establecimiento de su terminal, Piedras pasó a ser el punto de convergencia para la comercialización de los productos hacia múltiples pueblos de El Oro y Loja. Tenía, según dicen, más de 600 habitantes, aparte de los transeúntes que abundaban cada día, lo que dista mucho a lo que representa hoy, un pequeño caserío habitado por cinco o seis familias. El tren fue la vida, sin él, murieron la estación, las bodegas, las bullangueras máquinas de hierro, y como por arte de magia, el pueblo todo. Sólo han quedado los recuerdos.

Preparan un nuevo proyecto

Conocimos que se acaba de firmar un convenio tripartito entre el Municipio de Piñas, el Ministerio de Turismo y la Junta Parroquial, y que se ha dispuesto un cronograma para la construcción de un malecón y un museo histórico en el centro parroquial. El ingeniero Paúl Moreno nos explicó el alcance del proyecto. Mientras tanto en una tienda, Jorge Mejía nos mostraba un antiguo boleto para transportarse en el tren. Una oficina antigua para la venta de boletos ha sido derruida para su posterior e idéntica reconstrucción, según aseguraron. Será un complejo turístico para recrear lo que fue el lugar hace 70 años. Una iglesia se ha edificado donde fue una bodega, igual una estación de policía, donde estuvo otra bodega. Hoy construyen un muro para proteger el centro poblado de las arremetidas del río Puyango que está muy cerca y que se dirige hacia la represa de Tahuín, que de paso sea dicho, de acuerdo a lo que manifiesta don Pancho, no funciona sino en un 10%, “es un elefante blanco que no sirve para los objetivos que fue prevista”. Don Pancho relata que había un solo tren para carga y un vagón, como un bus, para pasajeros con capacidad para 40 personas, que iban con destino a Machala y Puerto Bolívar y viceversa. De esa historia quedan muy pocas huellas: una casona en ruinas, senderos por donde estaba la línea férrea, cuyos ejes de hierro han desaparecido, una réplica de locomotora en un barrio de Machala, y eso es todo. El proyecto de reconstrucción del pasado es interesante. Sin duda será un hermoso atractivo turístico nacional e internacional en un par de años.

La historia de los arrieros

La historia de los arrieros, es otro capítulo interesante. Cuando a veces por causa de deslaves e inundaciones se dañaba la vía férrea, no pasaban los vagones y no quedaba más que transportar equipos, alimentos, objetos, maquinarias y tantos enseres, a lomo de mula o acémila. Para eso muchas personas de Portovelo, Zaruma y Piñas se idearon el trabajo de “arrieros”, que eran fundamentales y bien pagados, pero de extremado esfuerzo. Hoy conservan fotos de esas escenas del paso de arrieros, fuertes y jóvenes con su misión de llevar carga hacia distintos lugares. Los burros eran muy resistentes, dicen, igual que las mulas, los machos y menos los caballos de paso, especialmente destinados para demostrar la categoría de sus dueños. Los animales siempre estaban bien enjaezados y elegantes, especialmente para que monten las damas en esos largos trayectos en medio del calor, la lluvia y los mosquitos. Una era de sacrificio y estoicismo por parte de los habitantes de esos lugares. El oro y otros metales extraídos de las minas de Portovelo y Zaruma eran transportados de igual modo y con las seguridades del caso para ser llevados a Puerto Bolívar y de allí a los nuevos dueños de países extraños. Así transportaban los cables y motores, y las fotos en la mina del Sexmo en Zaruma, evidencian lo que narramos. En Portovelo existe un hermoso monumento a los mineros y en otro lugar a los arrieros. El mejor homenaje a una época y a hombres duros y sacrificados que mostraron su coraje para vencer las dificultades.

Sobreviven los apodos

La vida dura no ha logrado someter a estos habitantes que a lo largo de las décadas han tratado de ponerle salsa a su existencia. Así, todavía se conservan en toda la zona los apodos de ciertas personas, para la burla y el chiste callejero: lucero de acequia, pajuelo, olla de miel, baile mijo, panza larga, moriremos, trompa negra, pecho de lata, el patón, pescuezo de aguacate, perro suco, rompecercos, pancho sin suelto, pescuezo de bota, arroz con sardina, cabo de lampa, la caderona, rico palo, arroz vacío, doble cerebro, macho cojo, pepito mazazo y otros tantos, que sólo imaginando a los aludidos, desde lejos del tiempo nos causan gracia.

Con toda seguridad volverá el auge a Piedras en corto tiempo. Alrededor de los museos, edificaciones y monumentos restaurados que se pretende, retornará el bullicio y el imaginario sonido del tren que conducirá al pasado de hace siete décadas o más, agregando la personalidad y costumbres actuales de la laboriosa y alegre gente de la provincia de El Oro, para hacer de este poblado y toda la región un nuevo destino turístico. Sin embargo, no van a faltar quienes cuenten las historias antiguas de esplendor, como páginas pretéritas de sacrificio, esfuerzo y horas difíciles, aunque también románticas y alegres, confirmando que todo eso es parte del recuerdo de un pueblo y como tal, debe mantenerse en la memoria colectiva.

César Pinos Espinoza

cesarpinose@hotmail.com

www.proyectoclubesdecomunicacion.blogspot.com

miércoles, 14 de septiembre de 2011

En Trujillo y Lima, huellas del pasado




Mi largo recorrido de más de 14 mil kilómetros por vía terrestre se inició en Cuenca el domingo a las 11h00. Ya a las 16h00 me encuentro en Aguas Verdes y luego en Zarumilla; algunas décadas atrás estos lugares y otros fueron territorio ecuatoriano. En esos lares la vida es agitada y calurosa, en medio de millares de comerciantes, tricimotos y taxis sin uniformidad alguna. En fin, con nueva moneda hay que proseguir hacia el primer objetivo, Tumbes. En esta ciudad desordenada y bulliciosa encontramos varias empresas excelentes en el transporte terrestre interno del Perú e incluso hacia Chile, Bolivia y Brasil. Es el caso de Ormeño y Oltursa, con buses de dos pisos, aunque, como dijo un conductor, durmiéndose en los laureles, porque ya han asomado otras compañías a nivel nacional, caso Cruz del Sur, Civa, Cial, Via y Flores, que realizan su trabajo de mejor manera. En todo caso, en este aspecto el Perú nos lleva amplia ventaja.

Trujillo, colonial e interesante

Sea como fuere, encaramados en el segundo piso del Ormeño, saliendo a las seis de la tarde arribamos a Trujillo a las cinco de la mañana del día siguiente. Parece que llegamos muy pronto porque no hay ningún movimiento, únicamente un restaurant “24 Horas” que nos auxilia con un caldo de ave en ese momento de frío y ligera llovizna y nos permite reorganizarnos para la jornada del nuevo día. A las siete y media ya recorremos la ciudad y nos encontramos con una novedad: la casa donde vivió y murió el general José Luis Orbegozo, aquel que junto a José Domingo Lamar y Agustín Gamarra, fuera derrotado por las huestes del Mariscal Antonio José de Sucre en el Portete de Tarqui la mañana del 27 de febrero de 1829. Orbegozo fue presidente del Perú y cayó también derrotado después por los chilenos dentro de la Confederación Perú-boliviana en 1837. Hoy este lugar es un museo que en su entrada tiene una placa que dice: “El gran Mariscal don José Luis de Orbegozo y Moncada, Prócer de la Independencia, Presidente de la República 1833-1837. Vivió y murió el 5 de febrero de 1847 en esta casa que fue también de sus antepasados fundadores de la ciudad de Trujillo”.

Trujillo, con 400 mil habitantes, posee un hermoso centro colonial, plaza de armas, edificios y el templo de San Francisco, destruido por el terremoto del 31 de mayo de 1970 y reconstruido hasta 1978.

Las ruinas de Chan Chan

A quince minutos de Trujillo, tomando un taxi que me cobra diez “nuevos soles”, llego a algo impresionante, una extensa área desértica en medio de la cual se encuentran vestigios de una civilización que existió y tuvo su esplendor entre los años 850 y 1400 d.C. Fue la cultura Chimú y según dicen, debió ser esa una ciudad de unos 40 mil habitantes. Quedo maravillado, igual que varios turistas canadienses, australianos, neozelandeses y alemanes que se encuentran en ese momento. Impactante. Cincuenta fotografías, y por supuesto, pido a una chica australiana que me “saque” una foto. Es la ciudad de barro más importante, un patio ceremonial fue la antesala, luego un corredor de peces y aves grabados en alto relieve. Para el tránsito utilizaban rampas y la galería alta tenía un techo soportado por columnas. Todos los muros estaban decorados con representación de redes de pesca en relieves pintados de blanco. El lugar está a dos kilómetros del mar y era parte del Palacio Tschudi. Cuando los incas llegaron luego del 1400, los chimús estaban en decadencia, no se sabe por qué, pero todavía mostraban huellas de esplendor.

Con rumbo a Lima, el misterio continúa

Ahora, 12h30, estoy a bordo de un bus de otra empresa, ITTSA. Escojo un sofá-cama en el primer piso y me cuesta 80 soles, unos 29 dólares, hacia la capital del Rimac. Antes de salir, reviso mi correo y cuento esta inicial experiencia a mi hija Kharen en Barcelona y anuncio mi próxima presencia a María Soledad, Roberto y el pequeño Alejandro en Santiago de Chile. Kharen ya sabía de mi raid y ha llorado, no la veo cerca de dos años. Viene a mi mente aquello de: “Ni una hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de Dios”, y lo del Oso Panda en una película cuando alguien dice: “nada es un accidente”.

Hasta aquí el transporte peruano demuestra su gran calidad y modernidad: a bordo excelente almuerzo, bellas y atentas “terramozas”, buenas películas, promoción turística, pantalla que registra la velocidad del bus, mantas, almohadas, etc. Por fin ya no vemos a Jacky Chan ni violencia alguna como en ciertos casos que conocemos. Y así, prosigue el viaje. Extenso desierto, a veces oasis con verdor y cultivos, carretera asfaltada “como una mesa de villar” y completamente limpia y muy bien señalizada. En Chimbote estamos a las 14h30, luce alegre y movida esta ciudad, aunque con el cielo gris. Hace unos años soportó un grave terremoto. Y algo curioso, durante todo el recorrido y cada cierta distancia se ve patrulleros policiales vigilando el tránsito, a veces en pleno desierto, pero también a cada paso cruces y recuerdos de accidentes en la vía, a manera de nuestros “corazones azules”.

Lo que buscamos, la tumba de La Mar

Son las nueve de la noche y por fin arribamos a Lima. Nos espera el hotel Panamericano y un merecido descanso. Al día siguiente muy temprano estamos listos para una larga tarea. Primero a la Plaza de Armas, sensacional, grupos de turistas de todas partes observan los edificios: con bandera roja y blanco el Palacio Torre Tagle, residencia del presidente de la República, la Catedral, el Palacio del Arzobispado y otras hermosas construcciones. Primero fotos, luego a ingresar en la Catedral.

Pregunto a un guía turístico, está aquí la tumba del Mariscal La Mar? Consultas de unos a otros y por fin, ni siquiera saben de quién se trata. Nunca han oído ese nombre. No conocían que La Mar incluso fue presidente del Perú. Comencé a perder la paciencia y las esperanzas, mi curiosidad de años se esfumaba, pero había que insistir, al fin, para ello estaba en Lima. En la Catedral contemplo la tumba de Francisco Pizarro, el porquerizo que matara a Atahualpa en Cajamarca el fatídico 28 de agosto de 1533. Detallan hasta sus mínimas dolencias, lesiones y pérdida de molares “por su avanzada edad”. Luego está la capilla de la Virgen de la Candelaria; de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, segundo Obispo de Lima; el baldaquino del altar mayor es del arquitecto y pintor español Matías Maestro; de san Francisco de Sales; de Melchor Antonio de Portocarrero, Conde de Moclova que en la batalla de Dunas de Dunkerque en 1658 perdió el brazo derecho que le sustituyeron con una prótesis de plata, por lo cual le conocían como el “Brazo de plata”. También hay un gran óleo de “San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei”. En un extremo del palacio de gobierno esta el museo del “Señor de Sipan”, lo visitamos; este tesoro cultural peruano tiene mucha significación para explicar los orígenes y el esplendor pre-inca durante los primeros siglos de la era cristiana.

La Mar en el Cementerio de los Héroes

En un museo de arte religioso junto a la iglesia de San Francisco una señora me dio la pista: “Lo que usted busca está en el cementerio de los Héroes o del Presbítero Matías Maestro, pero cuidado, el lugar está plagado de ladrones”. En medio del calor me quedé helado. Pero insisto, en fin de cuentas, para qué estoy aquí?

El taxi me deja en la puerta del cementerio, pero el conductor me advierte: cuidado, todos los que nos miran son ladrones, entre directo y al salir tome directo un taxi y márchese rápido, no mire atrás. Me acordé de Sodoma y Gomorra, pero aquí no me harán estatua de sal. Tensos los minutos, difícil el acceso, piden dinero los guardianes. No importa, tengo algunos soles. De pronto Sixto me muestra lo que busco, el mausoleo del Mariscal cuencano José Domingo La Mar y Cortázar. Estoy maravillado, me pellizco, no creo. Está lleno de polvo y casi olvidado, saco mi pañuelo, algo lo limpio, nadie por ahí sabe quién fue y sólo una flores marchitas quedan de recuerdo; mis guías quieren quitar las flores pero les digo que las dejen ahí, al fin, alguien se ha acordado de aquel hombre que nació en la casa que actualmente es la Alcaldía de Cuenca, que fue héroe de las guerras napoleónicas, que luchó por la corona española y que luego se constituyó en un baluarte de la independencia americana, presidente del Perú y concluyó derrotado en el Portete, cerca de mi tierra, para declinar su vida en 1830, expatriado, en Costa Rica.

Cerca de la tumba de La Mar está la de Vicente Rocafuerte, primer presidente ecuatoriano. No sabía. Fue una sorpresa. De Mariano Necochea, argentino, héroe de Junín, Ayacucho, Pichincha y el Portete, protector de José María Camacaro, porque este héroe mulato caleño caído en Cuchipirca, junto a Girón, lo había rescatado de morir en una batalla en Perú; del Mariscal Agustín Gamarra, general peruano derrotado en esa misma batalla, presidente del Perú después de la caída de La Mar, muerto en la batalla de Ingaví contra los bolivianos, y de otros personajes importantes. En el centro está un gran mausoleo destinado a los héroes peruanos de la Guerra del Pacífico.

Rumbo a Nasca, Tacna y Arica

Son las 07h00 del miércoles y me encuentro en la terminal de Cruz del Sur, una de las empresas más poderosas y organizadas del Perú. Tomo el cuarto asiento del segundo piso con rumbo a Nasca, saldré a las 07h30. Me cuesta 66 soles, unos 23 dólares. En esa terminal los taxis son nuevos y sus conductores están bien uniformados. Junto a mí van dos jóvenes, ella peruana y él suizo, viajan a Paracas y luego a Arequipa, Cusco, Puno y la selva. Una autopista de cuatro carriles por más de cuarenta kilómetros nos conduce hacia el sur para descubrir nuevos e impresionantes lugares. Les contaré después lo que vi en Nasca, Tacna y Arica, el Campo de la Alianza y el Morro, en el capítulo de la Guerra del Pacífico, una tragedia bélica de hace 129 años que no la olvidan los contendores; luego sobre Antofagasta, puerto chileno impresionante y hermoso.

César Pinos Espinoza

domingo, 11 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre ecuatoriano

En diciembre de 1941 EEUU había entrado en el gran conflicto de la Segunda Guerra Mundial a causa del ataque japonés a Pearl Harbor. Mientras tanto, el territorio ecuatoriano comenzaba a sufrir la agresión brutal de las tropas peruanas en las provincias de El Oro, Loja y el Oriente, supuestamente a causa de “provocaciones ecuatorianas”. En medio del gran bullicio que significaba el movimiento bélico internacional entre las potencias del eje Roma- Berlín-Tokio y los Aliados, nada significaba el horrendo pisoteo de humildes y pacíficas poblaciones ecuatorianas en el sur del país por parte de miles de soldados peruanos apoyados por su poderosa maquinaria bélica. Mataron a indefensos civiles, robaron, violaron a mujeres, incendiaron y humillaron en los poblados de Arenillas, Santa Rosa, Pasaje y Machala, con la falsa e imposible acusación de que el Ecuador “invadía” el territorio del país sureño.

El ejército ecuatoriano en medio de un descalabro, pobreza y desorganización, algo tenía que hacer, y algo hizo para frenar tan inesperada afrenta. El costo fue alto en vidas, éxodo y sufrimiento. Muchos generosos combatientes ofrendaron su vida en el altar de la patria: Ortiz, Chiriboga, Minacho y tantos otros que prefirieron que el enemigo pase por sobre sus cadáveres. Pero al invasor también le tocó pagar su cuota de sangre y sucedió de modo altamente trágico. Fue el 11 de septiembre de 1941, hace 70 años, en el punto denominado Porotillo. Alrededor de una treintena de soldados peruanos pagaron con sus vidas la agresión al territorio ajeno. Fueron emboscados y acribillados con ZB y Mauser por parte de enardecidos jóvenes militares defensores en un recodo del camino. Sólo quedó uno para contarlo. Después, la furia invasora se desató…y se consumó el delito. El 29 de enero de 1942, en Itamaraty, Brasil, quedó sellado el atraco. Perdimos cerca de 250 mil kilómetros cuadrados de territorio y la Patria quedó mutilada infamemente para siempre, sin que afuera de las fronteras, a nadie le importe.

Las nuevas generaciones deben saber y recordar este triste episodio y entender que la guerra es un castigo para los pueblos, que sus efectos a todos lastima y nada cura. Teniendo siempre presentes historias trágicas y reales como ésta, es menester construir sociedades diferentes, justas y sin tensiones guerreristas que sólo consumen dineros que únicamente pertenecen a la educación, salud y progreso humano. Ojalá llegue el día de decir por fin, ¡adiós a las armas!


César Pinos Espinoza

lunes, 5 de septiembre de 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

Más sobre Marcabelí...






Marcabelí, el Edén de los Andes






Diario El Mercurio, domingo 4 de septiembre de 2011

Una docena de pasajeros con sus equipajes esperaban en la “Y”. Hacia la izquierda la ruta conduce a Piñas, Portovelo y Zaruma; hacia la derecha a Balsas, Marcabelí, Loja y Zamora. La carretera se encuentra en perfectas condiciones, asfaltada y señalizada. Viramos hacia la derecha y comienza la aventura para conocer “El Edén de los Andes”, nombre con el cual le conocen a Marcabelí, cantón perteneciente a la parte alta de la provincia de El Oro. En 30 minutos arribamos a Balsas (6 mil habitantes), rincón agradable, de clima benigno y escaso movimiento; por allí no faltan camionetas que transportan a la gente en la paila “como sardinas”, con el consecuente peligro que esto implica. El nombre de Balsas se debe a la abundancia de este árbol en otras épocas, que sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial sirvió para satisfacer las necesidades bélicas como aporte de nosotros en calidad de “aliados” para EEUU, cotizada como materia prima para la construcción de barcos y aviones de combate.

¿Por qué Marcabelí?

Cuenta la tradición de los marcabelences --y lo narra con emoción Víctor Fernando Bravo, estudiante de la Universidad Politécnica que nos acompaña-- que por esos lugares hace más de cien años, se perdieron dos sacos llenos de oro; el caso es que un empleado de la empresa minera inglesa B.L.I. salió desde Puyango llevando una mula con la carga preciosa con dirección a Zaruma; en el camino el hombre se detuvo para hacer sus necesidades biológicas, por lo que dejó la mula suelta un instante, pero luego que la buscó el animal había desaparecido; comenzó una angustiosa búsqueda y al no encontrar a la acémila y el oro que transportaba, corrió la voz entre los habitantes del sector para que le ayudasen; como señal indicó que dichos sacos llevaban “la marca B.L.I”. Desde entonces todo ese lugar quedó bautizado con el nombre de “Marcabelí”.

La historia de don Santos Paucar

También relatan que el primer colonizador de las tierras donde actualmente se halla asentado el cantón, fue un hombre llamado Santos Paucar, oriundo de Ayabaca, territorio hoy peruano a raíz de la invasión de 1941. Paucar había abandonado su tierra natal para dirigirse hacia el norte en busca de lugares con mejor productividad y llegó a las tierras que actualmente son de la jurisdicción de Marcabelí. Santos Paucar, de alto espíritu de trabajo en compañía de su esposa María Elena, fundó el pueblo en mención. Dicen que el hombre se caracterizaba por su filantropía y generosidad, de modo que en 1934, mediante escritura pública suscrita en Zaruma, donó parte de sus tierras a la Curia de El Oro, recibiéndola el P. Juvenal Jaramillo.

Fue paso de arrieros, equipos y oro

Antes de arribar a nuestro destino, se divisan muchos criaderos de pollos y el fuerte olor característico, que ventajosamente se dilata en el aire fresco de la zona. En esta época los campos no lucen tan verdes debido a la ausencia de lluvias y al sol canicular especialmente al medio día. Unas cuantas fotografías en Balsas y proseguimos. Diez minutos después llegamos a Marcabelí. En todo caso meditamos sobre el pasado de hace cien años cuando por esos lugares el tránsito de bueyes, mulas y arrieros debió ser permanente, con el trasporte de maquinarias, equipos y el producto de la explotación de minerales, en especial el oro extraído de las minas de Zaruma y Portovelo, siempre con destino a Piedras, en donde estaba instalada una estación de tren para conducir el producto de la explotación y pasajeros hacia Puerto Bolívar.

Tierra que produce de todo

Actualmente en Marcabelí (680 msnm) la gente vive de la agricultura y ganadería, es tierra de paz y orden, por suerte sin casos de delincuencia. Se encuentra a 81 km de Machala. En la finca de don Victoriano y doña Benita se cultiva de todo: naranjas, limones, limas, toronjas, plátano, café, papayas, mandarinas, guabas, guayabas, tumbos, guineo, caña de azúcar, aguacates y se cría ganado brahaman solo para carne y aves de corral. Uno que otro produce aguardiente del bueno, de ese que hace torcer, “no del adulterado”. La aspiración de los jóvenes es llegar a una Universidad en Cuenca, pero no siempre es posible por diversos factores. En la finca, de pronto sobrevuela gritando enfurecido un “pashco”, seguramente porque nos vio con cara de intrusos, es un ave grande como una pava o una gallina, que iba a no dudarlo en busca a su pareja. ¿A estas aves las cazan? pregunto a Víctor. Aparecen por bandadas pero se las caza sólo para alimentación, no por el gusto de cazar, hay respeto hacia la naturaleza, expresa. Sin embargo, ahora se ve poco al tigrillo y no hay duda que años atrás se lo cazaba por diversos motivos. En la finca llamada “La Palmerita” recorremos sus lugares aledaños; por allí también cultivan tilapia, y siembran la palma que sirve para la fabricación de escobas; lo bueno es que existe amistad y colaboración entre todos los vecinos y se produce la autosustentación. El café es el producto fuerte, venden a 250 dólares el saco de grano secado, expulpado, lavado y escogido, y con cáscara o “café en bola” a 120 o 150 dólares. La planta tiene una vida productiva de diez años, por ello hay que hacer viveros para replantarla.

Atractivos turísticos y un mensaje

En Marcabelí los atractivos turísticos más importantes son: las cascadas “La Chorrera” y “El Rocío”, los balnearios del río Marcabelí, las minas del feldespato, el ingreso al río Puyango, la industria de panela y la gastronomía con su plato típico en base a plátano y maní; y el dulce y sabroso jugo de naranja el turista no se puede perder. Más tarde conversamos con la reina de Marcabelí, la bella Angie Maza, nos dijo que quiere ser abogada criminóloga, promocionar los talentos de los jóvenes, que le gusta el deporte, el baile, la música; se considera exigente, divertida, amigable y preocupada por los demás, más que de sí misma. ¡Admirable!, ¿verdad? Dice que el alcalde, César Carrión Mora es muy responsable, y por nuestro intermedio emite un mensaje para los jóvenes azuayos: “Antes de tomar una decisión piensen bien, para que luego no se arrepientan de lo que han hecho…”

Contacto para un evento educativo

No podía falta nuestra visita al Colegio Nacional Técnico Marcabelí. Dialogamos con su rector, Galo Valarezo Aguilar, con quien tratamos sobre el próximo Encuentro de Clubes de Comunicación Estudiantil en esa ciudad, con su plantel como anfitrión; todo se planifica en ese sentido. Doña Irlanda Romero, ex reina de Marcabelí, también nos recibe cordial y ofrece sus buenos oficios para gestionar la ayuda de la Alcaldía para el evento en mención. Como nos sucede a menudo, al momento de retornar queda un vacío en nuestro ser, es por la acogida cordial y sencilla de quienes fueron anfitriones, con la gratitud imperecedera, pero hay que volver, porque esta tierra ofrece mucho, sobre todo la paz y tranquilidad que todos buscamos. El largo viaje de regreso nos permite pensar que todavía existen lugares y personas diferentes, porque como dice Facundo Cabral, “en la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno”. Y por ello, como complemento, expresa: “Perdónate, acéptate, reconócete y ámate. Recuerda que tienes que vivir contigo mismo por toda la eternidad…”

César Pinos Espinoza

cesarpinose@hotmail.com

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