jueves, 14 de marzo de 2013

Tribus urbanas de Santiago de Chile.

“Ruego a Ud. tenga la bondad de irse a la cresta…”, es la irreverente obra del chileno Villegas, periodista y crítico social, del cual se comenta: “Villegas examina las antropologías o zoologías de esta sociedad nueva, en la que destacan los poderosos, situados casi en el cielo y a la diestra de Dios Padre; los empresarios, que pese a su nombre, no innovan ni crean; los flaites y los chantas; los cabeza de músculo- no se imagine uno versión contemporánea del mens sana in córpore sano-los lobbystas, los sempiternos apitutados, los del medio y los de abajo, las tribus urbanas (los pelolais, los veganos, los emos)…y los pobladores, entre los cuales el autor halla a los únicos chilenos, frente a los cuales se quita el sombrero”.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Relatos de un Explorador No. 7

La historia de Machu Picchu Sin duda Machu Picchu es uno de los lugares más solicitados y espectaculares del mundo. Por lo general se cree que fue el norteamericano Hiram Bingham quien lo descubrió en 1911, pero no, fue el alemán Augusto Berns, quien 44 años antes ya estuvo en el lugar. Eso dice el investigador Paolo Greer. Él refiere que Berns contaba con una descripción de Machu Picchu y que en 1887 formó una compañía para “huaquear” el lugar, entonces conocido como Huaca del Inca, hecho consentido por las autoridades de turno. Berns habría comprado unos terrenos en una zona ubicada al frente de Machu Picchu en 1867. “Su trabajo era vender durmientes para ferrocarril. Cuando Bingham llegó el año 1911 encontró un hombre viejo y su máquina, pensaba que era máquina para caño pero era aserradero para durmientes”, indicó. La investigación comenzó en 1978 cuando se encontró un documento del socio de Berns escrito en inglés: un mapa de minería que mencionaba al Vilcanota y Urubamba. Es más, Fernando Astete, jefe del Parque Arqueológico de Machu Picchu, dice que, “incluso el libro del hijo de Bingham menciona que había un escrito con el nombre de Lizárraga que seguramente conoció antes Machu Picchu”. Y se sabe también que “un médico inglés que llegó a tener su clínica en Calca estuvo antes que Bingham”, según la agencia Andina. De acuerdo a una versión, Hiram Bingham fue descendiente de un misionero, además historiador norteamericano nacido en Honolulu, Hawai, en 1907. Estudió Historia y Geografía de Sudamérica en la Universidad de Yale y fue escogido como delegado de su país para el Primer Congreso Científico Panamericano llevado a cabo en Chile en 1908. Su primera incursión como explorador de montañas en 1906, fue también su primer intento por encontrar Vitcos, la última capital del imperio y último refugio de los incas rebeldes contra los españoles. Ese año realiza un viaje por la ruta Buenos Aires - Cuzco, antiguo derrotero comercial durante la colonia. Llega al Cuzco, donde le informan sobre la existencia de ciudades perdidas en el monte, en la enmarañada y escarpada selva tropical de las montañas del Urubamba. Aunque ya tenía referencias por la lectura de cronistas que mencionaban Vitcos, supuesta capital de Manco II, y por el libro del viajero inglés Charles Wienner, quien estuvo en la región por 1876. Emprende viaje a la ciudad de Abancay, entrada natural a esa parte de la selva donde supuestamente estaría Vitcos. Los guías locales lo llevan a unas imponentes ruinas que ahora conocemos como Choquequirao, asentamiento del Tahuantisuyo en lo que hoy es Abancay, a ocho horas de viaje de Cuzco. Entusiasmado por este primer hallazgo, regresa a los Estados Unidos a fin de reunir fondos para continuar con sus exploraciones, logrando conseguir el apoyo de la National Geographyc Society y de la Universidad de Yale, además de haberse provisto de algún dinero entregado por amigos y familiares. Encontrar Victos ya no era solo un interés académico, era una empresa bien planificada. En 1911 regresa a Perú a fin de realizar estudios de geología y botánica, y con seguridad de encontrar Willkapampa. Bingham visitó la zona el 24 de julio de 1911, guiado por un niño campesino y acompañado por un miembro de la guardia civil peruana, en una expedición que fue financiada por la National Geographic Society y la Universidad de Yale. Pero existe otra versión: El hacendado cuzqueño Agustín Lizárraga fue quien descubrió la llamada "ciudad perdida de los Incas" en un viaje que realizó a la zona selvática del departamento sureño del Cuzco el 14 de julio de 1902, nueve años antes que Bingham, reveló el diario limeño "La República". El rotativo contrastó información documental y el testimonio de historiadores para concluir que Lizárraga llegó a la zona en 1902 acompañado por los también cuzqueños Gabino Sánchez y Enrique Palma. Alfred, tercer hijo de Bingham, en su "Retrato de un explorador: Hiram Bingham descubridor de Machu Picchu", dice que descubrió en la libreta de su padre una inscripción que decía "Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y vive en el pueblo de San Miguel". Además, señaló que en una de las paredes del templo de las Tres Ventanas de la ciudadela figuraba una inscripción hecha a carbón que decía "Lizárraga 14 de julio de 1902". Alfred M. Bingham agregó que otra prueba de la presencia de visitantes anteriores son las fotografías tomadas por su padre, donde se ve que gran parte de la ciudadela no estaba cubierta por "la vegetación de los siglos", como señaló el norteamericano. Y todavía más: En Andes Magazine-Chile, septiembre 2010, el periodista Rafo León escribe: Cuarenta años antes de Hiram Bingham, un explorador francés estuvo a punto de descubrir la ciudadela pérdida de los Incas. Charles Wiener y Hiram Bingham. Dos hombres, dos destinos. Uno, amante de la justicia y defensor de los derechos del hombre, reportó auténtica información sobre Machu Picchu para así contribuir al saber universal, al margen de su provecho personal. El otro, segundo en determinar la ubicación del sitio inca, se empeñó en diseñar su propia gloria y gozar de sus ventajas. Wiener entró en la historia, Bingham permanece en la polémica. El consenso académico republicano en el Perú consideraba al explorador norteamericano Hiram Bingham como “el descubridor” de la fabulosa ciudad inca de Machu Picchu. Hasta hoy los guías suelen relatar a los turistas durante sus visitas al complejo inca situado en el ingreso a los espesos bosques amazónicos, cómo Bingham fue el primer hombre en enfrentar, un 24 de julio de 1911 la grandeza de estas construcciones ciclópeas sobre una montaña (Machu Picchu: cerro viejo), al pie de otra, gigantesca, que se eleva con una indiscutible simbología ritual (Huayna Picchu: cerro joven). Sin embargo, una de las menciones más importantes al conjunto inca es la que da el científico francés Charles Wiener en su libro Pérou et Bolivia – Récit de Voyage, publicado en París en el año 1880. Textualmente Wiener acota en su erudito documento: “En Ollantaytambo me hablaron de los antiguos vestigios que había en la vertiente oriental de la cordillera, cuyos principales nombres me eran ya conocidos, Vilcabamba y Choquequirao. Yo había visto este último grupo de ruinas en las orillas del Apurímac, frente a la terraza del Incahuasi. Se me habló aún de otras ciudades, de Huayna Picchu y de Machu Picchu, y resolví efectuar una última excursión hacia el este, antes de continuar mi camino al sur”. Fiel al rigor académico en el que había sido formado, Wiener coloca una cita a pie de página en su mención a Huayna Picchu: “Creemos nuestro deber recordar aquí la única nota bibliográfica que se puede relacionar con este sitio, El brillante porvenir del Cuzco, por fray Julián Bovo de Revello, (Cuzco, 1848, p. 26). Solo que Huaina Picchu aparece allí con el nombre de Huaina Pata, lo cual no sorprende mayormente, ya que pata quiere decir colina” Pero, ¿quién fue este hombre, no suficientemente citado por Bingham como fuente ni en sus artículos ni en su celebérrimo libro Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas, un best seller desde que se publicó por primera vez hasta el día de hoy? Wiener nace en Viena el 25 de agosto de 1851. Es el primer hombre de occidente que asciende el monte Illimani (6161 msnm), en Bolivia, a uno de cuyos picos bautiza como Pico París. En 1882 consigue rescatar a 41 personas que iban a ser severamente reprimidas por el dictador ecuatoriano Veintimilla, una labor pionera en Derechos Humanos, que continúa en otro campo, el de la salud, cuando dirige el Hospital Francés de los Coléricos (enfermos de Cholerae), en el Santiago de Chile de fines del siglo XIX. Wiener se jubila en París como Ministro Plenipotenciario, y muere viajando hacia Rio de Janeiro, el 9 de diciembre de 1913. A los datos reseñados, hay que añadir los trabajos de la historiadora peruana Mariana Mould de Pease, célebre en la actualidad por su rol de vigilante del patrimonio histórico y arqueológico del Perú. Mould ha revelado la existencia de dos mapas mineros del siglo XIX en los que consta que Machu Picchu estaba integrado al Perú republicano mucho antes de que Hiram Bingham lo “descubriera”. Los mapas, de 1870 y 1874, respectivamente fueron trazados para promover inversiones mineras en la zona. Respecto al tema del “descubrimiento” de Machu Picchu, la misma historiadora precisa que Agustín Lizárraga en 1902 llegó a inscribir en el muro llamado Tres Ventanas, lo siguiente: “A. Lizárraga, 14 de junio de 1902”. La hipótesis de Mould es que Bingham borró la incómoda inscripción. César Pinos Espinoza cesarpinose@hotmail.com www.proyectoclubesdecomunicacion.blogspot.com www.radiolaroja.com

domingo, 10 de marzo de 2013

Relatos de un explorador. No. 6

No era ni un ángel ni un demonio Esta historia me contó un hombre de edad avanzada ya hace años un día cuando yo caminaba por una senda de herradura en pleno invierno para tomar la única vía carrozable en los calientes de Chaucha. Lo encontré sentado en el porche de su modesta cabaña con la mirada perdida en lontananza. Vivía solo, quizás ya los últimos momentos de su vida. Fue cuando me aproximé para pedir agua y descansar unos minutos después de una larga jornada de tres horas de camino desde la montaña. Mientras bebía una agua azucarada con panela que me brindó, comenzó el relato que no sé si fue su propia historia. Un día un hombre salió temprano de su casa en la ciudad para tomar en el extremo de esa urbe un bus que lo llevaría a un pueblo en donde él trabajaba como maestro de escuela. Creo que frisaba por los cuarenta años más o menos, pero se veía muy juvenil y alegre, se diría que estaba en la flor de su existencia. De él se decían muchas cosas: era popular, se caracterizaba por su bondad e ingenuidad, que hasta santo le creían porque leía mucho y pasaba horas enteras con la Biblia y a veces rezando, jamás hizo mal a nadie e incluso era capaz de realizar una forma de milagros en los jóvenes y niños “haciéndoles hablar” a los que por timidez no podían hacerlo, con el argumento de que todos nos equivocamos y si cometemos errores no importa; él mismo se hizo su propio milagro de hablar y hablar bien en público y sobre cosas interesantes, todo a fuerza de perseverancia, estudio y convencimiento propio. Atraía a las mujeres con facilidad, como por encanto, como a los niños el Flautista de Hamelín, pero jamás se aprovechó de tal virtud para hacer el mal a nadie, y sobre todo conservaba su timidez que le daba más atractivo, aunque siempre se quejaba de que en cuestión de amores era desafortunado. Pero qué cosas, al contrario, para otros, era el mismo demonio, mujeriego, tomador, pendenciero y peleador callejero, un problemas en las fiestas, y al parecer, no tenía arreglo, y en verdad, creo que jamás lo tuvo. Esa mañana caminaba apresurado por una avenida y pronto alcanzó a divisar el vehículo que lo llevaría, le volvió el alma al pecho y desaceleró su marcha. Al mismo tiempo y en el mismo sentido una mujer caminaba de la mano con su tierna hija hacia su escuela. El nombre de la niña lo recordaba pero no me quiso decir, tenía unos siete años quizás. Por el apuro de madre y niña golpearon en el brazo al señor, que un libro y un cuaderno que llevaba fueron a parar en el suelo y las detuvo para pedir disculpas y tratar de recoger las cosas que se habían caído, pero ya enseguida el hombre se había agachado para lo mismo; el movimiento fue como sincronizado que al agacharse la niña y el señor se vieron los rostros muy cerquita; ella asustada y con sus ojitos casi perdidos en el rostro y él sonriente, talvez a la fuerza, pero arrancando una sonrisa nerviosa de la niña que enseguida y sin perder el tiempo se reincorporó y prosiguió su camino. El señor la miró fijamente un tanto extrañado y la niña igual, le hizo adiós con su manito y se fue. Unos metros más allá, se viró, volvió a sonreír y algo le dijo a su madre que también se había vuelto para mirar al extraño. Él, con el índice casi susurrando dijo: “¡Te veré dentro de 18 años…en alguna parte…!”. Les dije que tenía una forma de mago. Mientras relataba el campesino apenas se había movido de su especie de sillón y sus ojos brillaban como de nuevo retornando a su vida del pasado lejano. De acuerdo a la historia, habían transcurrido casi veinte años, todo parecía haberse sepultado en el olvido, a no ser por un incidente que removería escombros inconscientemente. Un buen día, cuando de la gran ciudad el hombre había tomado un bus para dirigirse a su casa a cuatro horas de viaje y se preparaba para meditar en las cosas de ese día y en las que la vida le ofrecía, de pronto llegó una chica apresurada y se sentó a su lado, apenas lo miró y se concentró en sus cosas personales. El bus inició la marcha que prometía horas aburridas. Unos minutos después, al reojo él la miró y algo le llamó la atención: los ojos de la chica, casi perdidos en su rostro. Recordó que algo parecido había visto mucho tiempo atrás. - ¿Qué sucedió después? Le dije al campesino. - Nada, respondió, casi nada. Fue un incidente de cinco meses, no duró más y no sucedió nada, más que una carga de penas para el corazón. Epílogo: Diez años más tarde, extrañamente, se repitió la historia, esta vez en otro escenario. En un pequeño poblado de la Amazonía se produjo una conmoción: unos guerrilleros habían asaltado ese lugar y llevaban junto con ellos a un grupo de niños secuestrados, seguramente para conducirlos por la selva hacia sus negros propósitos en algún campamento. Aprovechando un momento de confusión una niña corrió por la calle, cruzo velozmente hacia el frente y se perdió en una covacha sin dar tiempo a los armados para recapturarla. En la parte posterior de esa casucha vivía un hombre que vio llegar a la niña y rápido le indicó dónde esconderse, quedando indiferente e impasible en el momento que llegaron buscando algo los guerrilleros. Preguntaron por la niña. - ¡Por allá! Dijo señalando el lado opuesto, y se alejaron enseguida. Cuando todo pasó y el griterío de hombres y niños se fue disipando con el alejarse de los insurgentes, el hombre se acercó a la niña. - ¿Quién eres? - ¿De dónde te trajeron? - ¿Quiénes son tus padres? La niña apenas respondió y casi llorando dio alguna pista. El hombre tomó su vieja camioneta y condujo a la chica por unos caminos maltrechos durante unas tres horas. Había sido robada a un grupo de turistas que pasaban por allí. Y llegaron a un lugar en el que un grupo de gente comentaba y se movía inquieta, ahora aproximándose al auto que acababa de llegar. Se bajaron de inmediato los dos ocupantes. - ¡Hola! - dijo el hombre a la madre, mientras ella abrazaba a su hija conmovida. - Se parece mucho a usted, expresó serenamente el hombre, para romper el silencio, y casi de inmediato se volvió a su vehículo. Madre y niña como clavadas en el piso contemplaron al hombre que se alejaba, y volvía a la memoria de los dos, sin duda, aquel incidente del bus una tarde de viaje con amena conversación y los sueños fallidos. Había sorbido por entero el jarro de agua azucarada que me brindó y retomé mi camino. Me alejé poco a poco y antes de perderlo de vista, aquel hombre continuaba con su mirada ahora perdida en la tarde y en el verde de la montaña que oscurecía. Nunca más supe de él. César Pinos Espinoza.

sábado, 9 de marzo de 2013

Relatos de un explorador. No. 5

¡El Doctor ha regresado! La balacera fue espantosa y sangrienta en la casa campesina. Se desencadenó algo que pudo haberse evitado con un poco de prudencia y sagacidad, pero ocurrió lo contrario y fatal que dejó tres cadáveres en el piso. Acababan de matar a un juez y el caso era muy grave. El pueblo se conmocionó con la noticia y al ver llegar los cadáveres de los asesinados. Vino el velatorio, el abogado en la que fue su oficina y de los otros en sus casas. Pasaron los días y las semanas y poco a poco el incidente fue hacia el olvido. Sólo algunos recordaban después aquel infausto acontecimiento. Transcurrió el tiempo y un día llegaron al pueblo unos niños para vacacionar, disfrutando de día con el sol radiante y el viento y de noche en la casa a dormir temprano porque las calles con su oscuridad nada ofrecían, siquiera conversando y contando cuentos. - Bueno niños, dijo el papá en la primera noche. Todos a dormir. Mamá hizo rezar a los cinco chicos, la mayor de doce años y el último de seis. Como era la costumbre en ese caso, colocaban colchones en el suelo, almohadas y cobijas, todos juntos en rondador con la luz de una vela pegada al entablado. Se fueron los papás a un cuarto del primer piso y los niños quedaron con sus últimos diálogos infantiles. El cuarto era tan grande que podían caber por lo menos cuarenta, pues había sido hasta hace poco oficina del juez y al último, lugar de su velatorio. De este detalle los niños casi nada sabían, además, habían cosas más importantes para ellos. Serían las diez de la noche cuando Froilán, el mayor, todavía no lograba conciliar el sueño, pensando en lo que haría el día siguiente, pescar bagres en el rio con otros chicos o jugar con la pelota que su papá le había regalado. Sus hermanos dormían. De pronto, en medio del silencio total, un sonido le hizo abrir lo ojos y poner atención. Provenía de una pequeña puerta de una bodega adyacente al cuarto conectada al piso con una grada de tres escalones. Eran pisadas fuertes, alguien bajaba las gradas, una, dos, tres, cuatro pasos más y se aproximó a la puerta del improvisado dormitorio, tomó la armella y abrió un poco la puerta, como observando el interior por unos instantes. A partir del bajar de gradas, Froilán se cubrió el rostro con la cobija. Sudor frío. Estaba petrificado, aterrorizado. Sólo faltaba que aquel visitante misterioso camine un metro y medio más y lo pise en la superficie del suelo. Habría sido fatal. El ser misterioso cerró la puerta, sonó la aldaba, dio tres pasos hacia la grada y subió cerrando la puerta. La noche para Froilán fue interminable. Apenas cantaron los gallos y aclaró el día, se levantó como una cimbra y preguntó a sus hermanos: - ¿Escucharon anoche los pasos? Ninguno escucho nada, todos dormían como lirones. Es decir, el incidente no tuvo más testigos. Fue enseguida a reconocer la pequeña grada de tres escalones y por una ventana las cosas de adentro: una silla de montar, una botas viejas de cuero, sogas, vetas y otros enseres. Bajó apresurado al piso siguiente donde todavía dormían sus padres, golpeó la puerta y entró. - ¿Usted papá subió de nuevo anoche a nuestro cuarto? La pregunta sorprendió a los padres. Froilán dijo asustado que no volvería a dormir en ese lugar, que diríamos, de experiencia paranormal. El día transcurrió sin novedad ni comentario alguno. Los niños olvidan pronto sus experiencias, sobre todo cuando no las comprenden. Pero vino la noche. Ahora a dormir en otro cuarto del mismo segundo piso, pero distante unos cuatro metros más allá del primero. Llegó la hora de descansar, puerta asegurada por dentro, cama general en el suelo, pero más lejos de la puerta. Y oh sorpresa. Más o menos a la misma hora se repitió el fenómeno: pasos bajando la grada de la bodega, pasos hacia la puerta, la puerta se abre, se cierra, suena la aldaba al soltarla, pasos a la grada pequeña, tres pasos hacia arriba y un sonido de la puerta de la bodega que se cierra. Esta vez había más de un testigo, María, la hermana de Froilán, de doce años. - ¡Cierto!, dijo ella. - ¡El Doctor ha regresado! César Pinos Espinoza

miércoles, 6 de marzo de 2013

SANTA ELENA Y SAN PABLO EN LA COSTA ECUATORIANA










La autopista que lleva de Guayaquil a la península es espectacular. Cuatro carriles y señalización horizontal y vertical, vallas publicitarias y un paisaje muy atractivo hacen el deleite de los viajeros. Luego de una hora y media de partir del puerto principal se divisa letreros que anuncian Chanduy y luego la capital provincial. El transporte público de buses es muy bueno, y como dijo un pasajero, “ahora es mejor porque no deben abusar de la velocidad, so pena de una multa, reducción de puntos en la licencia de conducir y tres días de prisión”. Estas medidas, para un buen entendedor, son más que convincentes.
La península con una historia singular
La ciudad de Santa Elena está asentada en una zona de gran antigüedad en cuanto a culturas ancestrales. La península en sí, fue sin duda escenario de actividad marítima desde antes de la era cristiana, tiene asentamientos de pueblos navegantes por excelencia, para quienes el mar era su vocación y es seguro que debieron intercambiar productos con pueblos costeños del norte del Perú y Centro América, posiblemente en el tiempo de los gigantes, de aquellos que el P. Juan de Velasco cita en su obra cumbre, que aparecieron por el mar, no se sabe de dónde y se quedaron a vivir en esas tierras, hasta que por usar a las mujeres nativas a las que destrozaban, enfureció a los habitantes, que resolvieron destruirlos, pero “bajó fuego del cielo, en medio del cual se vio un ángel con reluciente espada y quitándoles la vida les consumió el fuego”. (Historia Natural. Pág. 163). Verdad que parece una fantasía, pero es frecuente en varias civilizaciones del mundo. Los “Amantes de Sumpa”, en evidente abrazo de amor eterno a toda prueba, incluso de la muerte, es otra historia sobre seres humanos que vivieron en la península en el tiempo de los primitivos navegantes que tenían la concha spondylus como moneda para el comercio. Los museos de Santa Elena, Chanduy, Valdivia y otros, guardan invalorables recuerdos de esos pueblos laboriosos, organizados y emparentados con el mar desde hace mucho tiempo, y que incluso hoy, reproducen objetos con admirable “autenticidad” y que a veces pasan, como dice Piero, como “valiosas cosas viejas recién envejecidas, para americanos…”
Vicente Rocafuerte y la Madre
Paseo por la calles de Santa Elena a una temperatura de 40 grados, pero la noche es fresca. La gente va y viene, todos laboran y la pesca genera alimentos del mar, que muy bien preparados en oasis de restaurantes acude para disfrutar de la gastronomía. En la iglesia central oran y cantan, seguramente pidiendo ayuda divina o perdón a Dios por los pecados, veniales por ser humanos. En el parque central la gente descansa, parejas conversan, seguramente cosas del amor efímero o de domésticos problemas, y para refrescar esos avatares tan propios de los hijos de este mundo, cada cierto tiempo pasa un joven con una botella grande de gaseosa bien heladita vendiendo el vaso a 25 centavos, la mejor ocurrencia y el mejor deleite para la sed. Cae la noche, poco a poco la gente desaparece del parque y las calles, queda solitario el magnífico monumento a Rocafuerte, primer presidente ecuatoriano, luego de la desorganizada administración del forastero Flores, además cuestionado por la muerte del Gran Mariscal, pero en honor a la verdad un auténtico héroe en varias ocasiones; por allí también queda sola la Madre, de lindas formas de bronce con su niño, de Paúl Amadeus Palacio Collmann (Loja 1.942), inspirado seguramente en la exuberante mujer costeña.
Día soleado para ir a la playa
Hay que descansar, no queda más. Ya a las diez de la noche en el Hotel Cisne, un poco de tv y las últimas noticias del día, aunque lo más recomendable es una película de cable, hasta cuando Orfeo diga basta, en todo caso mejor que todo aquello de cada día, violencia, farándula y otras ofertas no del todo edificantes. Al día siguiente es otra cosa porque uno se llena de esperanzas y reconforta el espíritu. Muy temprano vamos a la estación de buses que van por la ruta del Spondylus. En 40 minutos, por 50 centavos, llegamos a San Pablo. Primero altos edificios de departamentos y ciudadelas, luego el pueblo con casitas pequeñas y algunas de mejor calidad. En este punto no dejan de pasar los buses que van y vienen de Santa Elena, Ballenita, La Libertad, Salinas, Bolívar, Ayangue, Montañita, Ayampe, Valdivia, etc. Y enseguida, como dice la canción, “vamos a la playa…”, extensa, limpia, con lanchas y pescadores; ese día pocos turistas que caminan, se bañan; pescadores que arreglan sus redes; puestos de comida sin comensales; un joven que con cuchillo limpia el casco de su nave para luego protegerla con resina; pocos comerciantes que venden el producto de la pesca y contadas mujeres comprando.
Redes, preparativos y soledad
Converso con dos hombres que arreglan sus redes: en estos días hay buena pesca de langostinos, venden el producto a regular precio en los hoteles o vienen a negociar en el lugar; salen a su faena después del medio día y regresan a la media noche luego de alejarse diez o quince millas, sin más brújula que su instinto alimentado desde la niñez, sin más aparejos que su valentía y fortaleza de cholos herederos del habitante costeño de siglos; sin más compañía que su suerte, forjada en cada día con tenacidad y perseverancia. ¡Ah hombres admirables!  Más allá un joven desprende del casco de su nave las costras de sal acumuladas en meses, para calafatear y después a fuerza de músculo empujarla al mar ayudado por rodillos de madera y palos que son remos, para confundirse enseguida en las olas, confiado en sus brazos fuertes; su joven esposa lo mira más allá a unos veinte metros y talvez dirá, “lo amo porque es valiente y no da su brazo a torcer…” Lecciones a cada paso, la principal, afrontar la soledad con estoicismo y valor, aunque de pronto surja un suspiro de desesperanza. Debe haber sido esa la experiencia de Eduardo Endara Crow en Río Verde, junto al mar, esperando la llegada de alguien que al final nunca llegó. En San Pablo el sol se pone, los pescadores recogen sus aparejos y nosotros volvemos al bullicio, retornamos luego de sembrar recuerdos.
César Pinos Espinoza
www.proyectoclubesdecomunicacion.blogspot.com

miércoles, 20 de febrero de 2013

Relatos de un explorador. "Anocheció en la mitad del día”




    Los hispanos no creían lo que se presentaba ante sus ojos. Contemplando tanta riqueza estaban pasmados, fascinados por el oro, y sin embargo, eran visiones no exentas del peligro. Con todo, temor y riesgo, comenzó el saqueo. Apresado Atahualpa en Cajamarca, se vio claro el principio del fin. El arte de las preciosidades no interesaba, importaban el oro y las piedras preciosas. Fundieron las piezas más hermosas y la codicia infernal no se apartó ni un momento de los extraños. Cargas de oro y plata del increíble templo de Pachacámac, no muy distante de la actual ciudad de Lima, empezaron a llegar para el rescate del Inca. Espigas de maíz de oro y fuentes de aves de oro, las reservaron para el rey de España; el capitán Pizarro se apoderó de la litera de metal precioso del inca quiteño, poco antes aprehendido y humillado, y todo el resto que hasta el momento habían robado, se repartieron como locos, sin que esté ausente en cualquier momento una disputa a muerte entre los propios conquistadores.
   Se hallaban tan abrumados por la colosal riqueza, que fácil habría sido un ataque indígena para matarlos a todos y rescatar al rey, pero extrañamente no sucedió. La mortandad en el momento de agresión en Cajamarca, el espanto y la sorpresa en la plaza dejaron a los indios sin ninguna capacidad de reacción. No entendían lo que estaba sucediendo, habían entrado en shock, en instantes de incertidumbre e indecisión para contratacar a su enemigo de reducida tropa, más todavía cuando a pesar de su gran número, se vieron solos, huérfanos de un líder para arremeter con furia no imaginable contra los recién llegados. Rumiñahui, tan importante poco antes en la guerra contra Huáscar, ahora estaba ausente en momentos tan cruciales. Y para mal de los males, fue el acabose cuando vieron a Calicuchima, uno de los generales de Atahualpa, llegar mansamente, confundido, abrumado y atrapado por la tropa de Hernando Pizarro.
    Las crónicas cuentan que cuando Calicuchima llegó al lugar en que se hallaba Atahualpa, la entrevista con su señor fue dramática. Terrible y respetable en tantas oportunidades, entró en el aposento, esta vez temblando, de rodillas y con la cabeza agachada, y al ver al inca preso, se le fueron las lágrimas. “Estos de Caxamarca no supieron defenderte –le dijo--; si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis, esto no habría sucedido”. El inca sonrió, relata Benjamín Carrión en su libro “Atahualpa”.
    Llegó el día fatídico. Días antes Atahualpa le había dicho a Hernando Pizarro, “cuando te vayas me van a matar tus compañeros. No me abandones”. Ese 29 de agosto de 1533 –algunos dan otra fecha-- el rey del Tahuantinsuyo caía ajusticiado por la mano bárbara, con la venia del clérigo Valverde. “En los rincones de la plaza, como borrachos, los indios escuchaban los estertores agónicos del hijo del Sol”. El gran imperio caía en pedazos. Una raza de millones de seres humanos recibía el tajo final para que no despierte en siglos. Dicen que una mujer zarza, ante la noticia fatal, expresó: “Chaupi punchapi tutayaca”. Anocheció en la mitad del día.

César Pinos Espinoza

sábado, 9 de febrero de 2013

Alausí: historia, tradiciones y carnavales.













Caprichosamente enclavado en un terreno inclinado y una terraza aluvial, se encuentra Alausí, casi a mitad del camino entre Cuenca y Riobamba. Es un paso hacia la costa bajando por la ruta que marca el río del mismo nombre, que más abajo se llamará Chanchán luego de unirse con el Guasuntos y otros tributarios. El río Chanchán recibe las aguas de los ríos Sibambe, Lauma, Blanco y Angas, uniéndose después con el Chimbo para formar el Yaguachi que desemboca en el río Guayas y concluye su tránsito en el Océano Pacífico. El Chanchán a lo largo de la historia ha causado verdaderos estragos y más notorios en el tiempo de la construcción del ferrocarril a partir de 1900.  
La efigie de San Pedro domina el panorama
La enorme efigie de San Pedro, patrono y “poseedor de las llaves del cielo”, construida en el 2001 por Eddie Crespo, domina el panorama visto desde todo lado. Alausí es por excelencia un pueblo de faenas taurinas, sobre todo en las fiestas cívicas y religiosas cuando las gentes de las haciendas salen a demostrar su arriesgada y espectacular afición, y arte dicen algunos, que emociona a muchos, hace sufrir a las mamás de los juveniles toreros y enamora a las bellas chicas. Alausí es principio y paso para múltiples destinos y objetivos turísticos: el ferrocarril para ir a la mundialmente conocida Nariz del Diablo; a Huigra con invalorables recuerdos históricos y un paisaje como pocos; a las 45 lagunas de Ozogoche y el espectacular “suicidio de los cuvivís”; a los vestigios del Camino del Inca por Achupallas; a las sonadas fiestas de San Pedro y el pintoresco carnaval; a deportes de aventura, a la Plaza Eloy Alfaro que cuenta con una escultura del personaje y cuatro murales que describen varios momentos de la revolución alfarista, y el Parque 13 de Noviembre donde se encuentra la Iglesia Matriz y un monumento a la Libertad. ¡Qué más se puede pedir!
El “suicidio” de los cuvivís en Ozogoche.
Un informe sobre el “suicidio” manifiesta que entre agosto y septiembre, las lagunas de ese lugar pasan por un fenómeno raro, cuando miles de cuvivís, que son aves migratorias provenientes de EEUU y Canadá, extrañamente se zambullen en las aguas y encuentran su propia muerte, lo que aparece como un suicidio. De acuerdo a los estudios, lo que en realidad sucede --según dicen-- es que debido a la fatiga del largo viaje las aves caen en picada para beber agua, pero la baja temperatura del líquido elemento al parecer les causa la muerte inmediata. No existe otra explicación, aunque ésta no convence del todo. Mediante un estudio realizado en 1993 en la Universidad Católica de Quito se determinó que las aves provienen del norte y pertenecen a la familia Bartrania Longicauda.
Lugares que prefieren los turistas en Alausí
Dicen que las fiestas de San Pedro de Alausí son una tradición que proviene de la época española y todavía  se conservan con algunos rasgos, como danzas, música, folklore, pelea de gallos y corrida de toros, lo cual atrae a turistas nacionales y extranjeros. Son una mezcla de lo hispano con lo nativo. Esa convivencia de lo uno y lo otro se torna en algo maravilloso. En Alausí hay varios lugares para visitar, observar y admirar: la avenida 5 de Junio que es la arteria principal con una serie de detalles: sitios para la venta de ropa de toda clase, indígenas con trajes coloridos; las plazas y parques de la urbe, las calles angostas herencia de la tradición de siglos, la estación ferroviaria ahora flamante y renovada, mercados con productos de la rica agricultura, ganadería y artesanía local, monumentos e iglesias, y sobre todo un ambiente tranquilo en un clima fresco y saludable. Las principales festividades se celebran desde finales de junio y duran dos semanas.
Las fiestas de San Pedro
En las fiestas de San Pedro tiene lugar el Desfile de la Alegría. Desde tempranas horas del domingo los colegios, escuelas y comunidades desfilan alegremente por la ciudad. Los participantes van ataviados con trajes típicos, danzando o cantando, representan pasajes históricos y pasan carros alegóricos elegantemente adornados con flores. La multitud aplaude, el aire se impregna del tradicional chancho horneado y platillos típicos alauseños. En todos los lugares se reparte aguardiente y las sabrosas y “animadoras” sangrías. Lo más destacado constituyen las corridas de toros, que sin duda son el centro de la atención en las festividades; los aficionados a la tauromaquia se juegan la vida lidiando a bravos toros, y según dicen allí, “haciendo vibrar de emoción al público reunido en la plaza”. En las vísperas la gente concurre al parque Simón Bolívar en donde se inicia una fiesta de luz y calor denominada “Noche del castillo”, en donde se quema el castillo con figuras especiales que representan lo auténtico de este pueblo. A las tres de la tarde del último sábado de junio, la reina hace su entrada triunfal a la plaza montada en un hermoso corcel, recibe las llaves de la ciudad y la banda entona música alegre, mientras los asistentes acompañan con sus “oles”.
Los toros son una pasión para los alauseños.
Cuentan que al primer toro de la tarde le adornan su lomo con una colcha bordada y pintada a mano que será el trofeo para el que logre su mejor lance con capotes, pañuelos, sombreros o camisas. Ya podemos imaginar la bulla de la muchachada y la emoción de los presentes. Lo toman por el rabo o por los cuernos y el animal enfurecido enviste al que aparece, mientras es acosado por cuadrillas de toreros. En la plaza hay algarabía, sangre y valor, y por cierto, muchos contusos, en tanto que el corazón de los matadores late aceleradamente y nace la esperanza de que con un lance peligroso la chica de sus sueños lo acepte como novio oficial. ¡Muy interesante!  Y prosigue la faena, cae la tarde y sale el último toro, le llaman “el toro de la oración”, es el “toro de los cobardes”, porque sacan lances envalentonados por el trago que han tomado.
Extranjeros por todo lado admirados de las cosas de Alausí
Como dato importante en especial para extranjeros, Alausí es un cantón de la provincia de Chimborazo en el Ecuador. Se sitúa en una altitud promedio de 2.340 msnm. La cota más baja del cantón es de 1.225 msnm en ese lindo poblado que se llama Huigra, y la mayor a 3.340 metros msnm en Achupallas. La temperatura media es de 14 a 15 °C. Alausí se encuentra a 97 km de Riobamba en un pequeño valle al pie del cerro Gampala. Justamente lleva el nombre de “Gampala” un importante hotel que lo recomendamos.
Alausí fue fundado el 29 de junio de 1534 por Sebastián de Benalcázar y se considera como la primera población en la Real Audiencia de Quito. El ferrocarril llegó el 8 de septiembre de 1902 y constituyó una prometedora realidad para el desarrollo urbano, arquitectónico y social de Alausí.  Aseguran que la construcción de su Iglesia Matriz, que es el templo más importante del cantón, se realizó con piedras extraídas de las minas de Chiripungo, situadas a dos kilómetros de la ciudad. En lo que se refiere a nombres, santos y preferencias, existe este dato curioso: San Pedro es el patrono principal y la Virgen del Rosario es secundaria. Cosas de la fe de las personas.


César Pinos Espinoza
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